¿Tres dedos hacia mí?
Romanos 14: 1–13

Como he compartido antes, siempre he recordado aquella imagen que mi pastor compartió en una prédica cuando yo era un adolescente. Hablaba sobre el cuidado que debemos tener de no hacer juicio sobre los demás, le recordaba a la congregación que, cuando con nuestra mano señalamos a otro, tres dedos nos señalan a nosotros. Con esto, el pastor exhortaba a no atribuirse prerrogativas que solo le competen al Señor, pues solo él es juez sobre todos.
Precisamente, en el pasaje considerado el apóstol Pablo hace la misma exhortación a la iglesia en Roma. Esta iglesia estaba compuesta principalmente por creyentes gentiles, por lo que los creyentes judíos eran un grupo más reducido. Estos últimos todavía mantenían apego a las restricciones alimentarias y días festivos de la ley judía. Como consecuencia, se generaron actitudes mutuas de desprecio y condena. Para Pablo, esos asuntos debían considerarse asuntos secundarios para la fe. Por lo que, en lugar de promover discusiones o condenas, les recuerda que todos le pertenecemos al Señor y que solo él será juez sobre nuestras vidas.
De la misma manera, nosotros podemos caer en la tentación de criticar, comparar o menospreciar a otros porque no piensan, actúan o viven la fe como lo hacemos nosotros. Ante esta tentación, debemos recordar que la fe exige un proceso de crecimiento en nuestra espiritualidad, pues no somos dueños de la conciencia de nuestro prójimo, ni de su espiritualidad. Como expresaran los primeros bautistas: “solo Dios es juez de la conciencia”. Debemos relacionar esta exhortación con la enseñanza de Jesús en Mateo 18: 21–35. El mensaje de esa parábola es claro: quienes han recibido la gracia de Dios están llamados a extender esa misma gracia a los demás.
A la luz de lo anterior, tengamos presente que el juicio y la falta de perdón surgen de un corazón que ha olvidado la misericordia recibida. Recordemos que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, donde seremos vistos por él. No olvidemos que la gracia recibida debe transformarse en gracia compartida. Así reflejaremos el carácter de Jesús, quien nos aceptó, nos perdonó y nos salvó. De lo contrario, tres dedos nos señalarán.







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