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La bendición de la unidad

“...porque allí envía Jehová bendición...” –Salmo 133:3



El salmo 133 es muy conocido. En nuestro contexto bautista de Puerto Rico, es uno de esos pasajes que muchos sabemos de memoria, no solo porque lo cantamos, sino también por lo corto que es.


Este salmo forma parte de un grupo de 15 salmos llamados “Cánticos Graduales” o “Cánticos de Ascenso”. Se les llama así porque los cantaban los peregrinos israelitas al subir a Jerusalén para las fiestas solemnes. Cuando pienso en esto, imagino un gran grupo de personas provenientes de distintas tribus y regiones, cantando y alabando a Dios, todos en ruta a un mismo lugar y con un mismo propósito. Al encontrarse y coincidir todos en Jerusalén, se unen como un solo pueblo.


Vivimos en un mundo extremadamente individualista y polarizado. Las diferencias de trasfondo cultural, educación, estatus económico, estilos de vida y contextos religiosos se hacen evidentes, no solo en la política, el entretenimiento y el comercio, sino también en la iglesia. Por esta razón, hoy más que nunca es importante que cantemos, que leamos y que procuremos entender el mensaje del salmo 133.


Dios nos llama a vivir en unidad, pero la unidad no es la ausencia de diferencias, sino la presencia de la armonía a pesar de las diferencias. Cuando el pueblo de Dios vive en armonía, la unidad se hace evidente. La unidad deja de ser una teoría o un concepto idealista cuando se hace real en nuestras actitudes, en nuestras palabras y en nuestras obras. Es bueno y delicioso vivir juntos en armonía. Es agradable para los que lo viven, y es hermoso para los que lo observan desde afuera.


El salmo 133 nos revela que la unidad es una unción sagrada. Dice el verso 2 que es como el aceite que se usaba para ungir al Sumo Sacerdote. No era un aceite común. Era un perfume costoso y sumamente fragante. Y, al momento de la unción, se derramaba sobre la cabeza del sacerdote y se dejaba correr hacia abajo cubriendo, no solo la cabeza y la barba del sacerdote, sino hasta su ropa. Esa imagen nos ayuda a entender que la unidad a la que somos llamados no comienza en nosotros, sino que fluye desde la cabeza, que es Jesucristo, para alcanzar a todos.


Nos dice el salmista que esa unidad es el lugar de la bendición divina. El verso 3 nos dice claramente que es allí, en la unidad armoniosa del cuerpo de Cristo, a donde Dios envía bendición y vida eterna. Si no hay unidad, el flujo del Espíritu Santo se interrumpe. Donde no hay unidad, no se puede percibir el perfume de la presencia de Dios, ni se puede observar el movimiento de su Espíritu. Pero, cuando el pueblo trabaja, vive y se mueve en armonía, recibimos sanidad, liberación, transformación y renovación. Es que es allí, en la unidad y la armonía, donde envía Jehová bendición y vida eterna.


¡Cuán bueno es! ¡Aleluya!

 
 
 

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