Esperanza que transforma
- Rvdo. Alberto J. Díaz Rivera
- hace 13 minutos
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Jeremías 29: 12–14

Una mujer que conocí tuvo que someterse a una cirugía tras un accidente que comprometió seriamente su movilidad. Los médicos le advirtieron que sería una intervención grande y dolorosa, pero que también sería la única vía para recuperar su vida cotidiana. Ella aceptó porque anhelaba volver a la normalidad. Sin embargo, al salir de la sala de operaciones, el temor la paralizó. No quería que la movieran, rechazaba las terapias y se negaba a ponerse de pie, aun cuando esa era la recomendación médica. Prefería acostumbrarse al dolor presente antes que enfrentar el dolor necesario para sanar.
Algo similar vivió el pueblo de Judá. Estaban entrando en un periodo profundamente doloroso: invasiones, deportaciones, la destrucción del Templo y la caída de Sion. Como señala María Eugenia Cornou, fue “la época más trágica de la historia judía veterotestamentaria”. Aun así, levantarse y recuperarse de aquella devastación era indispensable. Para lograrlo, debían volver su corazón a Dios y suplicar su favor. Ese retorno no podía ser forzado; debía nacer de una decisión consciente y voluntaria. Entonces experimentarían nuevamente la gracia de Dios y el camino de regreso a su tierra.
De la misma manera, nosotros también atravesamos momentos que nos dejan sin fuerzas y sin esperanza. Situaciones en las que el dolor parece gobernar nuestras emociones y decisiones. En medio de esas realidades, la Palabra de Dios nos recuerda que la esperanza es como una semilla que crece mediante la oración, la búsqueda sincera y la entrega confiada a la voluntad divina. No siempre es una respuesta inmediata, pero sí una visión que se abre ante los ojos de la fe. Sobre todo, es un camino de retorno: no solo hacia un lugar, sino hacia Aquel que es eterno. Esa es la esperanza que sostiene nuestra existencia y la que tiene poder para transformarnos.






