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Discernir la voz de Dios: ¿esperanza o ilusión?

Jeremías 29: 8–9


Recuerdo la experiencia de un hombre que fue víctima de un fraude muy elaborado. Todo comenzó con una llamada en la que le informaban que había ganado unas vacaciones. Aquella oferta incluía: estadía, transportación, alimentos y hasta excursiones a lugares emblemáticos. Solo debía cubrir su pasaje y, con su tarjeta, los impuestos correspondientes. Todo lucía legítimo, atractivo y perfectamente coordinado. El hombre abordó su vuelo lleno de ilusión, imaginando el descanso que le esperaba. Sin embargo, al aterrizar descubrió la amarga verdad: nada de lo prometido existía. No había reservación, no había transportación, no había vacaciones. Solo una sensación profunda de engaño y desilusión.

 

Para Judá, la experiencia en el exilio fue similar, pues no le faltaron voces dispuestas a ofrecer soluciones rápidas, promesas agradables y mensajes espirituales, que no provenían de Dios. Ante esto, Jeremías les recuerda que no toda voz que habla en nombre del Señor refleja su voluntad. Discernir les era esencial para vivir una esperanza verdadera y no una ilusión pasajera. Los falsos profetas anunciaban un retorno inmediato, un fin rápido al sufrimiento. Era un mensaje atractivo, pero vacío. Dios, en cambio, hablaba de un proceso, de un tiempo más largo, de una esperanza que se construye sobre la fidelidad.

 

Hoy también estamos rodeados de voces que prometen atajos, prosperidad sin compromiso, espiritualidad sin obediencia, soluciones sin transformación. Discernir la voz de Dios implica aprender a distinguir entre lo que suena bien y lo que es verdadero. Implica escuchar con el corazón anclado en la Palabra, atentos al carácter de Dios y no a nuestros deseos. La esperanza sin ilusiones es la que se sostiene en la verdad. Es la esperanza que no se derrumba cuando la realidad es difícil, porque no depende de promesas humanas, sino de la fidelidad divina. Cuando aprendemos a escuchar la voz de Dios por encima de todas las demás, descubrimos una esperanza firme, profunda y capaz de sostenernos en cualquier exilio, pues en Su voz no hay engaño ni desilusión.

 
 
 

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