Entre las palabras y las acciones
Mateo 21: 23–32; Éxodo 17: 1–7

Como personas de fe, creemos en el amor, la justicia, la paz, la solidaridad, entre otras virtudes del evangelio. Sin embargo, la fuerza de lo que creemos no está solo en las palabras: está en la manera en que procedemos ante las situaciones difíciles y los desafíos de la vida. Es en esos momentos en los que se pone a prueba aquello que decimos creer. Precisamente esa tensión está presente en ambos pasajes considerados. Los pasajes nos invitan a observar más allá de lo que decimos y a evidenciar, con nuestras acciones, la autenticidad de nuestra fe.
Observemos a Israel, que, además de haber sido librado de la esclavitud, experimentó continuamente el poder de Dios en su paso por el desierto. A pesar de aquellas experiencias extraordinarias de liberación —el mar abierto, el maná, la columna de nube y fuego—, cuando faltó el agua se preguntaron “¿Está o no está el Señor con nosotros?”. Ese momento reveló un contraste entre lo que afirmaban creer y la manera en la que actuaban ante la dificultad. A pesar de ese contraste, la misericordia de Dios se manifestó nuevamente a su favor haciendo brotar agua de la roca.
El evangelio de Mateo nos presenta una parábola que guarda relación con esta verdad. Según el relato, eran dos hijos y uno respondió inicialmente con un “no quiero” al llamado de su padre, pero luego cambió de actitud y fue a la viña a trabajar. El otro respondió diciendo “sí, señor”, pero nunca cumplió lo que prometió. La enseñanza de la parábola es indiscutible: para Dios, las acciones tienen más peso que las apariencias. Porque la obediencia genuina se demuestra en la práctica y no solo con palabras.
Al meditar en estos pasajes, debemos preguntarnos: ¿la fe que afirmamos creer y la fe que vivimos son coherentes? Sepamos que la verdadera fe se expresa a través de la confianza absoluta en Dios en obediencia a su voluntad. No basta con afirmar el amor; hay que vivirlo; la justicia, hay que buscarla; la paz, hay que trabajarla; la solidaridad, hay que practicarla.
Entre las palabras y las acciones. Es precisamente ese espacio de introspección el cual revela la autenticidad de nuestra fe. Ahí la confianza supera la duda, la obediencia vence la indiferencia y las enseñanzas de Jesús cobran vida en nosotros.







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