De la libertad al fruto
Éxodo 20: 1–4; 7–9; 12–20 | Mateo 21: 33–46

Nuestra fe tiene que ser cónsona con nuestra manera de vivir. Precisamente eso fue lo que Dios quiso transmitir al pueblo de Israel tras liberarlo de la esclavitud en Egipto. Como respuesta a esa libertad, ellos debían seguir sus mandamientos, entre estos reconocer a Dios, honrar su nombre, descansar, honrar sus padres, proteger la vida y actuar con fidelidad y verdad. Con estos mandamientos, Dios enseñaba al pueblo que una correcta relación con él se expresaba con decisiones que edificaran a quienes les rodeaban. También les mostraba que la obediencia nace de una relación sostenida por la gracia. Así pues, quien ha experimentado la libertad que Dios ofrece está llamado a cuidar esa libertad y a respetar a los demás.
En la parábola en el pasaje de Mateo, Jesús presenta a unos labradores que reciben una viña para trabajarla. El dueño espera frutos, pero ellos pretenden quedarse con todo. Rechazan a sus enviados y matan a su hijo. Lo recibido como una responsabilidad lo convirtieron en una oportunidad para dominar y poseer. Aquella violencia reveló cuánto puede deformarse el corazón cuando olvida a quién pertenece la viña. Aunque Jesús dirige esta parábola a los líderes religiosos de su tiempo, también nos invita a examinarnos, pues Dios nos ha confiado capacidades, relaciones, oportunidades y espacios de servicio. Esa es la razón por la que debemos preguntarnos: ¿cómo los estamos administrando?; ¿procuramos el bienestar de otros o buscamos reconocimiento y control?; ¿nuestra fe produce justicia, compasión y honestidad en la vida cotidiana?
Ambos pasajes nos recuerdan que la fidelidad implica reconocer a Dios y responder a su voluntad. Jesús, la piedra rechazada, se convierte en el fundamento de una vida que reconoce la autoridad de Dios y produce frutos de su reino. Por él podemos aprender a servir con humildad, respetar la vida y compartir lo recibido.
Que nuestra respuesta al amor de Dios sea una vida que produzca frutos de fidelidad, justicia y compasión, para que seamos capaces de alimentar la esperanza de aquellos que él ha puesto en nuestro camino.







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