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Enfrentando la tormenta

2 Samuel 12: 18–24

 

¿Alguna vez has escuchado el dicho “siembra vientos y cosecha tempestades”? Este dicho es bíblico. El profeta Oseas utiliza estas palabras para describir al pueblo de Israel que se había apartado de la senda y se encontraba sufriendo las consecuencias de su desobediencia (Oseas 8: 7). La mayoría de nosotros en algún momento hemos experimentado la realidad de esas palabras. Tarde o temprano, las consecuencias de nuestros errores han llegado a pasarnos factura. ¡Y cuán difícil se nos hace enfrentar y lidiar con los efectos de dichas consecuencias! Es como si un huracán hubiera llegado a destrozar nuestra paz y nuestra estabilidad. En 2 Samuel 12, leemos cómo ese dicho se hace realidad en la vida de David. David se encuentra en un atolladero parecido. Ha llegado la hora de que David enfrente las consecuencias de su pecado.


La semana pasada vimos a David enfrentando una crisis terrible. El pecado de Saúl lleva a David a convertirse en un prófugo y a huir por su vida. Vimos cómo su relación íntima y personal con Dios le ayuda a superar la crisis y salir de la cueva. Han pasado muchos años desde entonces. Ahora David ya es rey. Ya no vive en una cueva. Ahora disfruta de las comodidades y los privilegios de un palacio. Sin embargo, es en medio de esas comodidades y privilegios que David pierde su norte y se desvía de los propósitos de Dios. David peca. Codicia a la mujer de otro; comete adulterio y la mujer queda embarazada. Para ocultar su pecado y “arreglar” el problema, David pone a Urías, quien era un líder militar, en posición de muerte. Al morir, ya no hay obstáculo y toma oficialmente a Betsabé como su mujer. David se ha enredado en una cadena de pecado que lo ha separado de la voluntad y el propósito de Dios. Ha sembrado vientos y llegó la hora de cosechar tempestades.


¿Cómo David enfrenta y supera esta tormenta? Dios utiliza al profeta Natán para confrontar a David con su pecado. Su reacción nos muestra que, a pesar de todo, David sigue siendo un hombre conforme al corazón de Jehová. La mayoría de los seres humanos al ser confrontados con nuestras faltas, tratamos de defendernos, de buscar excusas para nuestro comportamiento. Le echamos la culpa a otros, a menudo a Dios mismo. Nos cuesta reconocer y aceptar nuestra culpa. Sin embargo, David se humilla y se confiesa pecador. Acepta que lo que el profeta le ha dicho es la verdad; reconoce su pecado. “Entonces David confesó a Natán: —He pecado contra el Señor” (2 Samuel 12: 13). Esa confesión genuina y sincera le lleva a recibir el perdón de Dios. Sin embargo, nada lo exime de las consecuencias de su pecado. “Natán respondió: —Sí, pero el Señor te ha perdonado y no morirás por este pecado. Sin embargo como has mostrado un total desprecio por la palabra del Señor con lo que hiciste, tu hijo morirá”. Es hora de enfrentar la tormenta.


De la experiencia de David podemos aprender algunas cosas necesarias para enfrentar las tormentas de nuestra vida. En primer lugar, David enfrenta la tormenta con la oración. En los versos 15–17 vemos cómo David entra en un proceso de ayuno y oración. David, tirado en el suelo, rogaba y pedía a Dios que no le quitara la vida a su hijo. Se negaba a comer. Así estuvo los siete días que duró la enfermedad del niño. David sabia que aunque no se merecía nada, la misericordia y la gracia del Señor son inmensas; así que hizo sacrificio de ayuno y de clamor por la vida de su hijo. Vemos a un David contrito y humillado delante de Dios. Pero la respuesta de Dios fue un no. A los siete días murió el niño.


En segundo lugar, David no le da espacio a la amargura ni a la fatalidad. Es una reacción muy humana llenarnos de amargura ante el fracaso y las pérdidas. Muchas veces esa amargura nos lleva a rebelarnos contra la vida y contra Dios. Sin embargo, David nos enseña que la mejor manera de enfrentar y bregar con la tempestad es ser realistas. Los versos 18 al 20 nos muestran que los siervos de David estaban sumamente preocupados por el estado mental y emocional de David. No se atrevían a darle la noticia de la muerte pues pensaban que podía atentar contra su vida. Sin embargo, son sorprendidos por la reacción de David. “De inmediato David se levantó del suelo, se lavó, se puso lociones y se cambió de ropa. Luego fue al tabernáculo a adorar al Señor” (v. 20). David entiende que no hay nada que pueda hacer para cambiar la realidad. Así que aceptando su culpa, no se rebela contra Dios sino que se levanta y se prepara para entrar en la presencia del Señor. Desde allí enfrentaría las tempestades que vinieran.


Finalmente, David nos enseña que ante las tormentas no hay que rendirse. Cuando enfrentamos tempestades y crisis en nuestra vida tendemos a darle espacio al fracaso. Pensamos: “Estoy acabado. Ya no tiene sentido seguir viviendo. Lo he perdido todo. La vida ya no vale la pena.” Contrario a lo que para muchos sería una reacción normal, David nos muestra que hay vida más allá de nuestros pecados y nuestras culpas. Cuando regresa del tabernáculo se alimenta y busca a Betsabé. Dice la palabra que la consuela, la acompaña en su dolor. Se acerca a ella y juntos comienzan una nueva vida. David nos enseña que más allá de la tormenta está la paz y la seguridad. Más allá de la culpa está el perdón y la liberación. Más allá de la muerte está la vida. “Entonces ella quedó embarazada y dio a luz un hijo, y David lo llamó Salomón. El Señor amó al niño” (v. 24).

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