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Viviendo como Cristo

Gálatas 2.11-20


¿Recuerdas la última vez que jugaste el juego halar la soga? La última vez que lo jugué fue en un día familiar. Aquella soga era sostenida por dos grupos, cada grupo tenía como propósito llevar el otro grupo a su lado. Esto provocaba tensión, exceso de esfuerzo y un alto sentido de competitividad. Aquel día la soga estaba tensa, pareciera que iba a partir. Sin embargo, aquel juego se acabó por la intervención de un hermano visiblemente alto y fuerte. Este se ubicó a lo último de uno de los extremos, se estrilló los dedos y el cuello (quizás como medio de intimidación) e inmediatamente procedió a halar la soga.


De manera similar, la iglesia de Galacia se encontraba en un momento de gran tensión. Podemos definir tensión como oposición u hostilidad latente en personas o grupos de personas. Esa tensión no era producto de un juego, era producto del interés de un grupo sobre el de otro. En principio, la iglesia de Galacia estaba compuesta por gentiles que se habían unido a la fe cristiana. En el Concilio de Jerusalén (Hch.15.28) se le había decidido no imponerles a ellos las cargas de la ley judía. Sin embargo, un grupo de cristianos judíos muy arraigados a la ley, se acercaron a los cristianos gentiles para imponerles su práctica de fe. Este grupo promovía que aquellos cristianos gentiles se sometieran a ritos de la ley dada a los judíos como: la circuncisión, guardar el sábado y otros ritos de purificación. Esto parecería un simple interés de aquel grupo de cristianos judíos de imponer su visión, pero esto iba más allá. Esto estaba afectando las relaciones en el interior de la iglesia y con su liderato. Según el relato, el apóstol Pedro comía y compartía con los cristianos gentiles, mas, ante la presencia de los cristianos judíos, “se retraía y se apartaba” de sus hermanos gentiles. Como consecuencia otros cristianos judíos imitaron su conducta. Así que la tensión en el interior de la iglesia no era solo una tensión teológica, era también una tensión relacional.


Ciertamente, las tensiones son parte intrínseca de nuestras relaciones humanas. Estas se hacen presentes en momentos determinados, en todos nuestros escenarios: matrimonio, relaciones paternas y maternas filiales, trabajo, iglesia, entre otros. Esto sucede porque cada uno/a tenemos carácteres, visiones e intereses diferentes. En el interior de la iglesia, estas tensiones se pueden acentuar por la familiaridad, la apertura a la diversidad de pensamiento, entre otras razones. Las diferencias pueden llevarnos a apartarnos de algunos de nuestros hermanos o hermanas, ministerios o de la vida de la iglesia. Ante esta realidad, ¿qué vamos a hacer? ¿Retraernos como Pedro? ¿Imponernos como los cristianos judíos? Ninguna de estas debe ser la opción.


El pasaje considerado nos presenta que las tensiones que se generan en la vida de la iglesia no son un juego, pues pueden llegar a lastimar y dividir. Así que, ante climas similares a este, la mejor opción siempre será: vivir en la fe de Jesucristo. Esta fe nos habla de la fidelidad de Jesucristo para con el Padre, la cual tiene un efecto a nuestro favor. Afirmar la fe como la mejor opción ante los climas de tensión no implica una aislación y/o enajenación. Todo lo contrario, la fe de Jesucristo nos hace permanecer firmes para con Dios y nuestros hermanos y hermanas. Entender esto evita que caigamos en el pecado de Pedro, que se retrae; o en el de los cristianos judíos, que se imponían. Comprenderlo nos hace entender que somos llamados cual Cristo, a morir a nosotros/as mismos/as para vivir para otros/as y que somos llamados/as a entregarnos para que otros/as puedan ver a Cristo a través de nosotros/as. Solo de esta manera podremos afirmar “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi”.


Bendiciones,


Pastor Alberto

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