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¿Quién me librará?

Romanos 7: 15–25



El ser humano vive una tensión que forma parte de su naturaleza. Por un lado, vemos expresiones de violencia que hieren y, por otro lado, expresiones de gran humanidad. Esta tensión, profundamente humana, se basa en el deseo sincero de hacer el bien frente a la realidad persistente del pecado en nosotros.

 

Para ejemplificar esta tensión, el apóstol Pablo confiesa su experiencia: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” Con esta frase, Pablo expresa su conflicto interior, la fractura interna de quien, a pesar de querer hacer la voluntad de Dios, descubre que su propia voluntad está herida; de quien, a pesar de tener un deseo genuino de agradar a Dios, también carga con impulsos, hábitos y patrones que se resisten a la voluntad divina. Esta situación no representa la ausencia de fe o un fracaso espiritual, sino que es la evidencia de la gracia de Dios que obra en el creyente, pues solo quien ha sido iluminado por el Espíritu puede reconocer esa batalla en su interior.

 

Para Pablo, el pecado intenta gobernar la vida humana, por lo que lo identifica como “una ley” que opera dentro de nosotros y que conduce hacia la destrucción. Sin embargo, señala que hay otra ley superior: la ley de la mente renovada, el deseo de obedecer a Dios. El creyente vive entre estas dos fuerzas; entre ellas su identidad se refina y se santifica.

 

Ante tal tensión Pablo expresó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Esta pregunta no queda sin respuesta. La liberación no proviene de la fuerza de voluntad, ni de la disciplina personal, ni de la perfección moral. La respuesta es Jesucristo, pues la salvación no es un proyecto humano, sino un don que solo proviene de Él. Así pues, Él es quien rompe el poder del pecado, Él es quien sostiene al creyente en su debilidad, y Él es quien garantiza que la lucha no terminará en derrota.

 

Finalmente, recordemos que la tensión entre lo bueno y lo malo que expresa Pablo no nos descualifica; solo nos humaniza y nos dirige hacia la dependencia de Cristo; que la vida cristiana no es perfección, sino un camino en el cual la gracia nos acompaña en cada paso; que la iglesia es un espacio en el cual esa gracia se comparte; y, ante todo, que la liberación en Cristo no solo restaura al individuo, sino que garantiza la victoria final.

 
 
 
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