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Creer aun cuando no hay motivos

Romanos 4: 13–25



El pasaje considerado nos presenta a Abraham como un espejo en el cual la comunidad de creyentes descubre la naturaleza profunda de la fe. No lo presenta como un héroe moral, sino como aquel que se atrevió a confiar en la promesa de Dios aun cuando toda prueba humana apuntaba al fracaso. Con esta imagen, el autor le recuerda al lector que su referencia a Abraham no es una simple mención de un personaje de la historia bíblica. Es una invitación a comprender la fe como un acto que abre el futuro, incluso cuando todo parece terminado.


Para el autor bíblico, Abraham se convierte en un paradigma de la salvación de todos los creyentes. Esa salvación no depende de la ley, pues ella no puede generar vida, ni garantizarla, además, de que la promesa fue dada 430 años antes de que existiera la ley. La promesa de la cual habla el pasaje solo puede sostenerse si descansa en la gracia, la cual solo puede recibirse mediante la fe. En un mundo donde la seguridad suele basarse y fundamentarse en el control, Pablo propone una espiritualidad que se sostiene en la fidelidad divina y no en la autosuficiencia humana.


No obstante, el corazón del pasaje está en la descripción de Dios como aquel que “da vida a los muertos y llama a lo que no es como si fuera”. Esta afirmación no solo explica la fe de Abraham, sino que también comunica la identidad de Dios.  Con esta realidad en mente, debemos afirmar entonces que la fe no es una acción irracional, sino la confianza plena que se deposita como respuesta al Dios que crea futuro donde solo hay esterilidad, límite o muerte.


Abraham creyó “contra toda esperanza” porque su esperanza no se apoyó en su cuerpo envejecido, sino en la palabra de Dios que crea a pesar de los desórdenes y vacíos del ser humano.


Actualmente este pasaje continúa siendo pertinente, pues creemos en el Dios que cumple lo que promete. En un mundo marcado por tantas incertidumbres sociales, económicas y espirituales, la Palabra de Dios nos recuerda que la esperanza no nace de las circunstancias, sino del Dios que transforma la historia por su amor y su fidelidad. Confiar en el plan de Dios es, como Abraham, mirar la realidad sin negarla, pero creer que donde hoy solo vemos desiertos, Dios puede abrir un futuro de esperanza.

 
 
 

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