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Nuestra bienaventuranza: Su favor y gracia

Mateo 5: 1–12

 

Desde hace varias semanas hemos sido testigos de la inflación, es decir, del encarecimiento de los bienes y servicios. Hemos visto este fenómeno de manera más marcada en el costo de la gasolina y de los alimentos. Tan reciente como el pasado miércoles, los medios de prensa anunciaban otro posible aumento al costo de la electricidad. Aunque esta realidad no es exclusiva de Puerto Rico, nos es necesario reflexionar a la luz de nuestro contexto, en el que cada vez más personas viven bajo los niveles de pobreza.


Al pensar en esto, vino a mi mente la frase altamente conocida de Jesús: “bienaventurados los pobres”. Esta frase forma parte de la primera sección del Sermón del Monte, y se presenta como una paradoja, puesto que es una expresión contraria a la lógica humana. Para Jesús, los ricos —alegres y bien alimentados— no son los bienaventurados, sino que bienaventurados son aquellos en quienes está el favor divino. Así que, no importaba si quienes habían seguido a Jesús habían sido pobres o ricos, hambrientos o bien alimentados, pecadores o redimidos, enfermos o sanos, rechazados o aceptados, Jesús les llamó bienaventurados porque su favor y gracia estaba con ellos.


Esta enseñanza de Jesús no se ajustaba al pensamiento tradicional o religioso de su tiempo. Según la tradición judía, la pobreza extrema o el sufrimiento de una enfermedad podían ser productos del pecado propio o del pecado de sus antepasados. No obstante, con su enseñanza, Jesús trajo una comprensión amplia, liberadora y transformadora del Reino de Dios, y desafió a sus seguidores a una revisión de sus prioridades, de sus valores éticos y morales y, más aún, de su espiritualidad.


Este pasaje tiene pertinencia para nosotros hoy, nosotros que vivimos en una sociedad altamente materialista en la cual se valoriza a las personas por lo que tienen o poseen. Aquí Jesús nos enseña, una vez más, que lo más importante no son los bienes que podamos tener —aunque esto no es tampoco un llamado al conformismo—, sino que lo más importante es aquello que nos hace bienaventurados: su favor y gracia. Así pues, en medio de las inseguridades que provocan los retos actuales, confiemos en el favor divino que nos acompaña.


Compartamos este mensaje con quienes necesitan experimentar la gracia esperanzadora que solo está en Jesús.

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