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Nos alimentamos de Cristo para vivir por Cristo

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre,

también el que come de mí vivirá por mí.”

-Juan 6:56-57


Hoy nuevamente nos sentamos a la mesa del Señor. Y para esta ocasión hemos tomado de referencia esta porción del Evangelio de Juan. De hecho, este texto tiene una referencia a la eucaristía, pues es precisamente aquí, no en el momento de la última cena, que Jesús les habla a sus discípulos de su cuerpo como el verdadero pan que proviene de Dios.

Todo este contexto amplio trata el tema del alimento, pues comienza precisamente con el milagro de los panes y los peces, que, interesantemente en Juan, el foco principal de esta gran cena, por así decirlo, es el pan, pues es lo que Jesús toma en sus manos, y da gracias, para luego repartirlo, así como los pescados.

Es en ese contexto de necesidad, como de igual manera de temores y de incertidumbres, representado por el momento en que los discípulos se encuentran en la barca, durante la noche, todo esto es representativo del Cristo que es enviado de parte de Dios, en el momento de mayor necesidad en nuestras vidas.

Cristo, el pan de vida, viene a llenarnos, a nutrirnos, a llenarnos de vida, pero no cualquier vida, sino la suya, que es auténtica y eterna.

La iniciativa es suya, y así nos invita; “tengan, coman”, pues el anhelo de Dios en Cristo Jesús, es, que nos nutramos de él, para que a su vez nuestras vidas sean reflejo suyo.

La invitación no es a atiborrarnos de religiosidad, sino a nutrirnos de Cristo. Eso es lo que los fariseos y maestros de la ley en el tiempo de Jesús no podían comprender. Ellos pensaban, que se trataba simplemente de ritos y de tradiciones religiosas. Hoy se ha acuñado el término de “comida chatarra”, para hacer referencia de comida que puede ser apetitosa y llenar mucho, pero nutrir muy poco.

De igual manera hay quienes se quieren llenar de preceptos religiosos y dogmas, pero se les escapa la verdadera espiritualidad, que se manifiesta no sólo en el amar y servir a Dios, sino además en el amar y servir a nuestro prójimo.

Alimentarnos de Cristo es nutrirnos de su amor, su perdón, su compasión, su humildad, su gozo, su paz, su gracia infinita. De ser así, seremos, amaremos y viviremos como Cristo, no porque lo decimos, sino porque las demás personas podrán ver, en nosotros y nosotras, el rostro de Cristo.

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