top of page
Buscar

Enviados con propósito

Mateo 10: 1–8


El pasaje considerado nos presenta a Jesús convocando, formando y enviando a sus discípulos. Este pasaje le comunica al lector que el llamado de Jesús no se detiene en la experiencia íntima de seguirle, pues ser discípulo no es un fin en sí mismo, sino el punto de partida de Su misión. Seguir a Jesús debe convertirse en envío; la comunión, en misión y la gracia recibida, en gracia compartida. Al llamarlos por su nombre, les enseña que la misión que les daba no era una tarea impersonal, sino una participación personal en la obra redentora de Dios. Dicha misión, envuelta en autoridad, no es para dominar a otros, sino para sanar, liberar, restaurar y, en todo ello, encarnar su amor.

 

La misión era clara: anunciar que el Reino de los cielos se ha acercado. Ese anuncio se manifestaría a través de acciones concretas para transformar vidas: sanarían enfermos, limpiarían leprosos, levantarían muertos y expulsarían demonios. Todas estas son señales de un Dios que interviene en la historia para romper cadenas y abrir futuro. Jesús añade una frase que define la espiritualidad del envío: “De gracia recibieron, den de gracia”. La misión no nace de la obligación, sino de la gratitud. No se sostiene en nuestras fuerzas, sino en la abundancia del don recibido. Somos enviados porque primero fuimos alcanzados. Servimos porque antes fuimos sanados. Proclamamos esperanza porque hemos recibido esperanza.

 

Para la iglesia actual, este envío es de especial importancia, pues en medio de las complejidades actuales —guerras, violencia, corrupción, injusticia, narcotráfico, etc.—, la esencia del envío permanece. Seguir a Jesús debe movernos a una vida que se desborda sobre otros. En un mundo herido, somos enviados como signo vivo del Reino: una comunidad que sana, acompaña, denuncia injusticias y siembra misericordia.

 

¡Que dondequiera que vayamos el futuro de esperanza que Dios promete se haga visible!

 
 
 

Comentarios


bottom of page