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El llamado que nos sostiene en la tormenta

Mateo 14:22-33



Durante las pasadas semanas hemos hablado acerca de como el llamado de Jesús abre caminos nuevos y transforma vidas. En el primer sermón vimos que su voz interrumpe la rutina y abre un futuro inesperado, como ocurrió con aquellos pescadores a la orilla del mar de Galilea. En el segundo, descubrimos que el llamado no solo dirige nuestros pasos, sino que redefine quiénes somos, tal como Natanael y los primeros discípulos fueron vistos, conocidos y transformados por Jesús. En el tercero, recordamos que su invitación levanta a quienes llevan consigo una carga como Mateo, quien, sentado en la mesa de los impuestos, fue alcanzado por una gracia que restaura y envía. Y en el cuarto, afirmamos que el llamado no es estático: Jesús equipa, envía y confía en nosotros para participar en su misión de sanar, liberar y anunciar el Reino.


Con ese trasfondo llegamos al quinto sermón: “El llamado que nos sostiene en la tormenta”. Aquí no vemos a los discípulos dejando redes, recibiendo un nuevo nombre o siendo enviados a predicar. Los vemos luchando contra el viento, agotados, vulnerables, preguntándose si les será posible llegar al otro lado. Precisamente, es en momentos como los vividos por los discípulos, cuando el llamado de Jesús adquiere una dimensión decisiva: no solo nos convoca, nos transforma y nos envía; también nos sostiene cuando las fuerzas fallan y creemos hundirnos. Mientras la barca era sacudida, Jesús se acerca a ellos caminando sobre el mismo mar que amenazaba con destruirlos. Interesantemente, su presencia no elimina la tormenta de inmediato, pero sí redefine la realidad: donde ellos ven peligro, Jesús revela posibilidad; donde ellos sienten abandono, Jesús pronuncia: “Ánimo, soy yo; no teman”. Pedro, impulsado por esa palabra, descubre que la fe no es ausencia de miedo, sino la valentía de caminar hacia Jesús aun cuando el viento sigue soplando.

 

Finalmente, debemos recordar que el llamado de Cristo no depende de circunstancias favorables. Él nos sostiene en medio del caos, nos extiende la mano cuando comenzamos a hundirnos y nos acompaña hasta que el viento se calma. En la tormenta, su llamado se convierte en ancla, en dirección y en promesa: si Él está presente, hay futuro, incluso cuando todo parece perdido.

 
 
 

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