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Hombres verdaderos imitan a Cristo

Sed imitadores de mí, como yo de Cristo

-1 Corintios 11:1


Hoy celebramos el Día del Hombre Bautista. En un tiempo cuando existe gran preocupación por el comportamiento de los hombres en nuestra sociedad que actúan con violencia y faltas de respeto contra mujeres, recurrimos a las Escrituras, para la instrucción sobre lo que corresponde al comportamiento de quienes siguen los pasos de Jesús. La invitación del apóstol Pablo a la iglesia del primer siglo, sigue vigente para la del siglo 21; “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”.

Como digo siempre, necesitamos analizar el contexto. Si bien es cierto que Pablo está hablando de una situación en particular, esta exhortación va más allá de qué carne se debe comer o cuál no. Pablo quiere llegar al punto en que la comunidad de fe entienda que su comportamiento debe mostrar amor y respeto a toda persona, independientemente de sus circunstancias, pues quien así actúa imita a Cristo. Lo enfatiza aún más cuando dice: “Ninguno busque su propio bien sino el del otro”.

En el griego, el término que se utiliza aquí para hacer referencia “al otro” no significa cualquier persona, sino que se refiere a una persona opuesta a mí o completamente diferente a mí. Sin lugar a dudas, no representa un esfuerzo demasiado extraordinario el apoyar a una persona con la que comparto intereses, ideales, estilos de vida, entendimientos de la vida, o posturas, pero definitivamente resulta bastante retador buscar el bienestar de otra persona que es diferente de mí y con quien no encuentro puntos de convergencia.

Ser imitadores de Cristo, vivir tal cual Cristo, es no buscar nuestro propio bienestar, sino ser instrumentos de su gracia y para ello, en todo lo que hagamos y todo lo que afrontemos, hemos de descubrir el propósito de Dios y la bendición que Dios quiere dar a nuestra vida y más allá de nuestra vida.

Pablo lo entendió muy bien y eso es lo que le llevó a decir; “todo me es lícito, pero no todo conviene, todo me es lícito, pero no todo edifica”. ¿A quién ha de edificar? Ciertamente, al otro, a la otra. No meramente a la persona que es igual a mí, sino a aquellos y aquellas cuyas vidas no se parezcan en nada a la mía, pero que son criaturas por las que Dios envió a su hijo amado a morir en la cruz. Son parte de este mundo, difícil, confundido, pecaminoso, por el que Cristo dio su vida, en el deseo de tomarnos bajo sus alas y brindarnos su paz.

La frecuencia con que Pablo utiliza este lenguaje de imitación nos dice claramente que el apóstol comprendió la necesidad de que nuestro comportamiento despliegue con claridad lo que hemos creído, así como lo que tenemos en nuestro corazón, mostrándonos así como testimonio vivo de Jesús para el mundo.

Como sociedad estamos viendo un tiempo muy doloroso y vergonzoso. No es hora de quedarnos callados ni calladas, porque nadie merece que su vida sea arrebatada por la situación que sea. La violencia contra las mujeres especialmente, y todo tipo de mujeres, está rampante, y ese comportamiento de desprecio, odio y descalificación del ser humano que sea es inaceptable.

Si solo nos preocupamos por el daño que se le hace a nuestra familia o a la gente de cuyo comportamiento aprobamos, actuamos como cualquier otra persona, independientemente de su fe. Quienes son de Cristo imitan a Cristo, siendo agentes de paz, de perdón, de misericordia y de reconciliación.

Comparto con los hombres de nuestra comunidad de fe las palabras del escritor de este himno antiguo; “Siervos de Jesús, hombres de verdad, guardas del deber somos sí; libres de maldad, ricos en bondad, fieles en la lid, seremos sí.”

Hombres verdaderos, que siguen el impulso, no de la violencia, sino del amor. Hombres verdaderos porque no temen a ser tiernos, compasivos, misericordiosos, de modo que Cristo se refleje a través de sus vidas.

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