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¡Hagamos nuestra parte!

2 Corintios 9: 6–8

 

En la mañana de hoy, el Ministerio de Mayordomía y Misiones de nuestra iglesia inicia la campaña de promesas. Con esta, se promueve un tiempo de renovación de nuestro compromiso económico para con el Reino de Dios, en particular para con la iglesia de la cual somos parte. Este compromiso servirá para realizar las proyecciones económicas necesarias para la elaboración del nuevo presupuesto, y así continuar con nuestra misión de proclamar el evangelio y el servicio a los más necesitados.


Desde los mismos inicios de la iglesia cristiana, los apóstoles exhortaban a los creyentes a participar de esfuerzos económicos para el alivio de los pobres, el cuidado de las viudas, el sostenimiento del ministerio y la proclamación del evangelio. El pasaje considerado es testimonio de ese esfuerzo. Las cartas a los corintios nos dejan saber que el apóstol Pablo había iniciado una campaña de recaudación de fondos en todas las iglesias de Asia Menor con el propósito de aliviar la carga de la iglesia de Jerusalén. El informe que recibió de la ofrenda de la iglesia de Corinto no fue alentador. Así pues, en su segunda carta hace énfasis en su solicitud, pero en esta ocasión utilizando una imagen agraria con la cual la mayoría de los destinatarios podían identificarse. Con esta imagen les hacía saber que, al igual que el proceso de la siembra, ofrendar pudiera parecer arriesgado, pero que, ante todo, ofrendar sería un proceso de resultados para quienes han depositado su confianza en Dios.


Ahora bien, para el autor ofrendar no se limita solo al acto de dar, sino que este acto surge de la actitud del corazón, como diría Jesús, de la reflexión personal que nos hace saber a nosotros mismos donde está nuestro corazón. La ofrenda bíblica nace del desprendimiento personal y de una afirmación absoluta en la promesa de la bendición de Dios. Cuando hacemos esto, nos es posible ver la expresión del amor de Dios que, por medio de Su poder, suple todas nuestras necesidades. Además, nos anima a no limitar la entrega a una ofrenda monetaria, sino a que nuestra ofrenda sea una integral, como expresa el texto: “donde abunda toda buena obra”.


Finamente, al igual que la iglesia de Corinto recibió el desafío de hacer su parte a través de su compromiso económico renovado, hoy nos toca a nosotros hacer la nuestra. Bien lo expresó el compositor de himnos cuando dijo: “juntos marchamos, gloria a Dios. Juntos marchamos se goza el corazón. Yo mi parte haré pues soy hijo de Dios…”. Hagamos nuestra parte como iglesia con la confianza de que su gracia sobreabundará en nosotros/as.

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