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Encuentro que transforma

Mateo 21.1-11


En la vida hay momentos de encuentros significativos. ¿Recuerdas cuándo fue tu último encuentro significativo? Sí, el momento en el cual te encontraste con alguien importante en tu vida y reíste, gritaste y lloraste de alegría. Les confieso que ese último encuentro significativo fue en la pasada clínica de vacunación cuando tuve la oportunidad de ver, saludar y hablar con mi pastor. ¡Ambos nos emocionamos en aquel momento! Pues hacía mucho tiempo, quizás dos años, que no nos veíamos. En aquel rato pudimos hablar de muchas cosas: de su salud, familia, ministerio; y, recibir de él su palabra de consejo pastoral en esta nueva encomienda.


Pienso que el Señor propicia experiencias de encuentro. La entrada de Jesús a Jerusalén fue una experiencia de encuentro. El encuentro de Aquel que se encarnó en Jesús para provocar en el ser humano una nueva creación. Ahora entra a Jerusalén, sabiendo lo que sucedería apenas unos días después, pero dispuesto porque sabía que su misión era una redentora. Fue el encuentro de aquellos que habían escuchado que aquel Jesús de Nazaret, que enseñaba que el reino de los cielos se había acercado. Ellos habían escuchado que ese reino era uno de justicia, en el cual las mujeres, los niños, los enfermos, los pobres y los marginados tenían espacio. ¿Sabes? La mayoría de los que se encontraban en Jerusalén pertenecían a estos grupos. Ahora, esos cuya única esperanza era Dios porque la religión y el gobierno les había fallado serían testigos de uno que era distinto a otros líderes. Quizás algunos esperarían grandes caravanas y eventos majestuosos. Sin embargo, me parece que con su entrada Jesús modeló cómo sería su entrada al corazón del ser humano: (1) sencilla, no en caballos; sino, en pollino, (2) voluntaria, pues eran los que le seguían y (3) respetuosa, pues según el Evangelio de Juan, los discípulos no entendieron este evento hasta la resurrección. A estos últimos Jesús no les señaló por su ignorancia, sino, que permitió que el tiempo y la resurrección les hicieran entender por qué la gente decía: “¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!”.


Al reflexionar en este día, Domingo de Ramos, pienso que para un encuentro con Jesús hay que moverse en fe. El relato que estamos considerando lo encontramos en los cuatro Evangelios, con algunas variantes. El relato de Marcos y Lucas señala algo que Mateo y Juan no hacen. Y es que cuando sus discípulos van a desatar el pollino, unos que estaban allí, según Marcos, (o sus dueños, según Lucas) preguntan por qué desatan el pollino. Sin embargo, el autor de Marcos resalta que los discípulos le dijeron como Jesús había mandado y los dejaron. ¿Conocían a Jesús? No lo sé. ¿Habían escuchado de Él? Tampoco lo sé; aunque algunos estudiosos han propuesto que debieron haber sido amigos o seguidores del Señor. La decisión de aquellas personas de prestar el pollino aportó a que se cumpliera una palabra profética dada por el profeta Zacarías; y, sobre todo, aportó una experiencia de encuentro de Jesús con los que estaban en Jerusalén. Solo porque entendieron que “el Señor lo necesitaba”. Esta experiencia debe animarnos y desafiarnos para que todo lo que somos —conocimiento, recursos, experiencias y nuestra vida misma— propicie que otros/as también se encuentren con Jesús.


Un encuentro con Jesús nos revelará quién es Él. La gente preguntaba: “¿Quién es este?” Jesús no era un extraño en Jerusalén, ni en el templo, pero nadie esperaba que Él entrase cabalgando en medio de una multitud que le cantaba alabanzas. Esto explica la pregunta “¿Quién es éste?” Las multitudes respondían: “Este es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”. Cuando los que acompañaban a Jesús dieron repetidas veces esta respuesta, todos supieron quién era el que entraba en la ciudad, porque Jesús era conocido como “un profeta”. El Nuevo Testamento señala que muchos le identificaron como profeta: la mujer samaritana, Pedro y Esteban. Ciertamente era y es un profeta, porque reveló y revela la voluntad de Dios al hombre.