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En la cueva

1 Samuel 22: 1–5

 

Las cuevas son lugares interesantes y llenos de misterio. Son el hogar de algunos animales no tan agradables como, por ejemplo, los murciélagos. En general, las cuevas son cavidades en el subsuelo causadas por la erosión. Hay cuevas pequeñas y hay cuevas enormes. Las cuevas han sido elementos importantes en novelas, cuentos y películas que envuelven nuestra imaginación y emociones. Hay cuevas en diversas partes del mundo. Aquí en Puerto Rico tenemos las famosas cuevas de Camuy. Las cuevas abundan en Israel, y, a lo largo de la historia, han sido usadas como vivienda, almacén o tumbas. En el texto bíblico de 1 Samuel 22, leemos sobre una gran cueva, la cueva de Adulam, a donde acude David a esconderse de Saúl.


David estaba huyendo por su vida. Saúl, movido por los celos, ha intentado matarlo y, aunque hasta el momento ha fallado, ha declarado a David como su enemigo y ha ordenado su muerte. En su huída, David llega a la región de Adulam y se refugia en una gran cueva que estaba ubicada estratégicamente al final de un camino estrecho, lo que permitía defenderla de extraños y enemigos con facilidad. Hasta allí llega un David que se sentía traicionado, amenazado, impotente, cansado y atemorizado. Dios le permite llegar a la cueva de Adulam, y allí encontrar un lugar seguro donde esconderse. El nombre Adulam significa precisamente “lugar de refugio”, “lugar de reposo”.


Es interesante notar que a la cueva también llegaron 400 hombres que, como David, estaban angustiados, atemorizados, cansados e impotentes ante las crisis de sus vidas. ¿Cuántos de nosotros hemos pasado por momentos similares en nuestra vida? Hay circunstancias en la vida donde nos sentimos amenazados, oprimidos, llenos de ansiedad y de temor. Puede ser alguna enfermedad, que amenaza con destruir nuestro cuerpo. Tal vez es algún chisme malintencionado en el trabajo, la escuela, el vecindario o, incluso, la familia, y que nos obliga a huir y abandonar relaciones y lugares donde una vez nos habíamos establecido. Quizá es el peso excesivo de las deudas que no logramos pagar o la extrema escasez que no logramos superar. Estas y otras tantas cosas pueden ir acorralándonos hasta que nos sintamos atrapados en una experiencia de vida que ya no es vida. Es entonces cuando, en nuestra amargura y depresión, lo que anhelamos es escapar, huir y abandonarlo todo. En momentos así, a veces, en su amor y compasión, el Señor nos permite encontrar cuevas donde escondernos y refugiarnos. Tales cuevas son lugares importantes en nuestra vida, pues en ellos descubrimos a Dios y a nosotros mismos.


Para David, la cueva de Adulam fue, no solo un lugar de refugio, sino un taller de transformación y crecimiento. En aquella cueva, David comenzó a desarrollar destrezas de liderazgo que serían indispensables en su rol como rey de Israel. En aquella cueva David les demostró a los 400 hombres que estaban con él lo que es una vida de dependencia y entrega a Dios. Pero su estadía en la cueva tenía fecha de terminación. En el momento preciso, a través de un profeta, Dios le pide a David que abandone la cueva y se vaya a Judá. La cueva fue un refugio temporal. En el plan de Dios había un lugar más importante separado para David: el trono de Israel. David no podía ocupar su lugar mientras continuara escondido en la cueva. Necesitaba salir, enfrentar y vencer a sus enemigos para finalmente reinar como el ungido de Dios. Igualmente, nosotros hoy somos los escogidos de Dios, llamados a vivir vidas abundantes y victoriosas. En esta hora el Señor nos está recordando que la cueva es un refugio temporal.


Ha llegado la hora de someternos a la voluntad de Dios y salir de nuestras cuevas. Hay enemigos que enfrentar y que vencer. Dios tiene planes maravillosos para nosotros, sus hijos amados, su pueblo escogido. Cada uno, cada una, tiene un llamado y un rol que cumplir en el maravilloso plan de Dios. Hay que abandonar las cuevas de ansiedad, de temor, de aflicción.


Levantémonos. Es hora de ejercer el rol que Dios nos ha llamado a realizar. Es hora de caminar hacia Judá, el lugar del agradecimiento y la alabanza a Dios, nuestro Creador y nuestro Señor.

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