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¡En Cristo hay plenitud de vida!

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros,

nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados.”

-Efesios 2:4-5


En esta carta, se nos presenta una comunidad de fe que se encuentra en una etapa donde experimenta lo que representa compartir su fe en Cristo Jesús con las generaciones que le siguen, es decir, con sus descendientes; así como si se tratase de personas que testimonian desde esa idea clara de lo que significa seguir a Cristo, con todas las implicaciones de ese compromiso. De modo que las referencias apuntan no tanto a lo que han de vivir, sino lo que ya han vivido y aun sufrido por causa del evangelio. Por lo tanto, se habla desde la madurez que da el caminar, que se evidencia en las cicatrices que llevamos como el producto de las heridas y las caídas sufridas en el camino, como también de los cansancios que se han superado en la travesía.

Lo primero que se desprende del texto bíblico es que, la vida cristiana en sí no es otra cosa que la proclamación de la vida. Esta verdad no la podemos perder de vista, porque esto es el centro de todo. Cuando decimos que en Cristo hemos de recibir plenitud de vida, contrario a lo que algunas personas piensan, no se trata aquí de que hemos de vivir en comodidad, con bienestar total y sin preocupaciones. Sin duda que no es eso. Claro que vamos a vivir de una manera diferente, pero eso viene como consecuencia de lo más fundamental: y es que vamos a comenzar a vivir en verdad.

Esa vida plena de la que nos habla el apóstol a lo que apunta es a experimentar la presencia de Dios en nuestros corazones. Esto a su vez nos hace conscientes de lo que nos lleva a la destrucción y a la muerte, que no es otra cosa que la oscuridad de la desesperanza, el vacío de amor y la ausencia de la fe. Pues en contraste, a quien vive en y por Dios le rodea el amor, le impulsa la fe, le acompaña el gozo y se afirma en la esperanza.

Esa plenitud de vida de la que habla Pablo es posible porque el Dios a quien servimos, en Cristo Jesús, no nos ha dado la espalda, ni se ha mantenido a la distancia. Todo lo contrario, en Cristo, Dios se ha hecho cercano a nuestra vida, a nuestro sufrimiento, a nuestras circunstancias. Por eso es que tenemos esperanza: porque él es nuestro acompañante constante, y eso nos da plenitud de vida.

La vida plena es posible porque no vivimos en aislamiento las unas de los otros. Si bien los cuidados que tenemos por la pandemia nos han distanciado, esto es sólo en términos físicos, pues en nuestros pensamientos, como en nuestras preocupaciones, seguimos cercanos y unidas, unas y otros, porque sabemos que Dios nos ha hecho familia y nos ha unido en su amor.

La plenitud de vida que Cristo nos da se manifiesta en paz, verdad, esperanza, justicia, equidad, misericordia, perdón, gracia y amor abundante.

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