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Con los ojos puestos en Cristo

Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe…”

-Hebreos 11: 39-12:3


Este pasaje tan conocido de la carta a los hebreos se centra en una invitación que se lanza a una comunidad de fe que vive tiempos retantes, en los que posiblemente se han sentido desfallecer, lo que, sin duda, parece haber provocado una reducción del ritmo y del ímpetu que les había llevado hasta ese momento de su historia. Es una invitación en la cual el mismo escritor bíblico se incluye, al instarles a correr la carrera que está por delante. Si bien es un texto conocido, hay unos detalles que deseo resaltar brevemente, pues me parecen importantes en la medida en que la invitación también nos incluye.

Lo primero que vemos es que el texto no puede considerarse separado del anterior y específicamente de los últimos versículos 39-40 del capítulo 11. La nube de testigos, que nos acompaña, no son meros espectadores: son los hombres y mujeres que también tuvieron en su tiempo y momento que correr la carrera. Sin duda su ejemplo nos anima, pero lo hace, no porque son nuestro derrotero, sino porque tanto ellos y ellas como también quienes corremos hoy, lo hacemos en fidelidad al Dios que, en Cristo Jesús, nos llamó a seguirle en fidelidad.

La invitación es, además, a despojarnos de cualquier peso que nos sea oneroso, al igual que del pecado que nos asedia. En otras palabras, que cualquier cosa que se constituya en una carga o tropiezo para nosotros y nosotras como, de igual, manera para quienes corren a nuestro lado, debe ser eliminada de nuestras vidas, de modo que corramos siempre hacia delante, con fuerza, con ánimo, con gozo, con gratitud, con humildad, con esperanza.

Por eso la carrera es siempre prospectiva, es hacia adelante, como lo apuntaba claramente el apóstol Pablo cuando decía: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo me alcanzó a mí. No pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Mas bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta…”(Fil.3: 12-14). Nos impulsa el camino que tenemos por delante, y la certeza de que, así como llegamos hasta esta hora porque quienes nos precedieron no se detuvieron ni se volvieron atrás, de igual manera, nos toca seguir adelante con empuje y con confianza pues respondemos a la convocatoria de Dios.

Todo esto es posible solo si en nuestra carrera mantenemos la mirada puesta en Cristo el Señor. No existe nada ni nadie más que Cristo, y su testimonio de amor y de entrega, que pueda, no sólo inspirar y motivar nuestra carrera, sino, más aún, dar sentido y terminación. Solo Cristo es el que inicia y perfecciona nuestra fe, nadie más, y solo Cristo la lleva a su feliz término y glorioso término.

Por tanto, como más adelante se nos indica: “Renueven las fuerzas de sus manos cansadas y de sus rodillas debilitadas. Hagan sendas derechas para sus pies…busquen la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.

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