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Andemos como Cristo

Gálatas 5.16-25


Hace varios años atrás conocí a un hombre que acababa de recibir a Jesús como Señor y Salvador de su vida. Este hombre, a pesar de su encuentro con Jesucristo, parecía vivir encarcelado en sí mismo. Era inflexible consigo mismo, su trato hacia los demás era uno brusco y áspero. Guardaba distancia de las personas y otros guardaban distancia de él. Limitaba su práctica de fe al guardar y seguir normas; mientras cumplía con expectativas religiosas. De igual manera sucedía en la iglesia de Galacia, cuando un grupo de cristianos judíos muy arraigados a la ley, irrumpieron en la vida de aquella iglesia tratando de implementar las prácticas de la ley judía a los cristianos/as gentiles. Para estos, la fe en Jesucristo no era suficiente para la justificación y/o salvación. Así que patrocinaban el que aun los cristianos/as gentiles cumplieran con las demandas de la ley de Moisés y con los ritos religiosos.


Jesús, en su ministerio, ya había condenado la acción de estos religiosos cuando fue invitado por un fariseo a comer. Este fariseo esperaba que Jesús realizara los ritos propios del momento, y, al ver que no los hizo, le cuestionó a Jesús. La respuesta no se hizo esperar, Jesús le dijo: “Ay de vosotros también, ¡intérpretes de la ley! porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar, pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis” (Lc.11.46). Les dijo esto porque aquellos religiosos aprobaban las prácticas que sus antepasados habían impuesto. Prácticas que en su esencia alejaban al pueblo de una vida justa. Según Jesús, hubo enviados de Dios, como profetas y sacerdotes, que murieron a consecuencia de denunciar esta verdad. Con esto, Jesús no descartaba el valor de la ley: lo que quería demostrar era el valor que el ser humano tenía para Dios.


Considerando lo anterior, el apóstol Pablo exhorta a la iglesia y a aquellos judaizantes para que, en su libertad, prefirieran andar de la manera correcta. ¿Cómo sería esa manera? ¿Viendo la ley como un absoluto? ¿Satisfaciendo los vicios y deseos de nuestra naturaleza de pecado? De ninguna manera. Desde la visión bíblica, andar de la manera correcta es andar como Cristo, ¡en el Espíritu! Cuando optamos por el andar como Cristo, surge en nuestras vidas el fruto del Espíritu. Esto es, virtudes que nacen en la vida del/la creyente como resultado de su relación con Dios. Ahora bien, esas virtudes no son para que, cual Pedro en la transfiguración, construyamos enramadas que nos aíslan y nos hacen desentendernos del mundo, su realidad y desafíos. ¡No! Es para que vivamos en sabiduría y en amor; es para que construyamos vida a través de las virtudes.


El amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la templanza nacen, primeramente, de una vida que afirma ser de Cristo. Esto es: primero, el resultado de esa nueva creación de la cual la carta a los Gálatas nos habla; segundo, es el resultado de crucificar las pasiones de nuestra naturaleza de pecado, para un resucitar en nosotros/as; tercero, es la razón por la cual somos comprensivos/as con otros/as y no tenemos más alto concepto de nosotros/as mismos/as del que debemos tener.


El hombre del cual les hablé al principio, en su jornada de fe, llegó a comprender esta verdad. Como resultado, su vida y carácter fueron transformados de tal manera que llegó a ser de bendición y ejemplo a todas las personas que le rodeaban. Solo porque decidió vivir y andar en el Espíritu, tal como anduvo Cristo. ¡Que nosotros/as podamos andar como Cristo lo hizo: en el Espíritu de Dios!