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¡Vayamos a la cisterna!

Jeremías 34: 6–13

 



El profeta Jeremías provenía de una familia de una profunda tradición religiosa, pues era una familia sacerdotal. A este profeta le tocó ministrar en un momento histórico, singular, complejo y significativo. Fueron momentos de transición política, de cambios sociales, de transiciones internas, pero también fueron tiempos de decadencia espiritual. Fueron tiempos parecidos a los nuestros, de mucha religiosidad, pero poca justicia. En medio de ese tiempo confuso, Dios llamó al profeta a cumplir la importante y delicada tarea profética de presentarle al pueblo la gravedad y naturaleza de su pecado y llamarle al arrepentimiento, tarea que, en ocasiones, conllevó un costo.

 

Precisamente el pasaje considerado presenta uno de esos momentos. En obediencia a la palabra del Señor, Jeremías exhortó al rey Sedecías a rendirse ante los babilonios para salvar su vida y la del pueblo. Fue una exhortación incómoda que levantó una feroz resistencia por parte de personas importantes y cercanas al rey, pues algunos entendieron que desmoralizaba a los soldados y al pueblo, además de evidenciar la poca o ninguna preocupación del profeta por el pueblo. Como resultado de la falta de comprensión del mensaje profético, Jeremías fue condenado a muerte: en una cisterna. Aquel escenario de muerte fue transformado en uno de vida posiblemente de la manera menos esperada. Ebed-melec, quien era oficial del rey y eunuco, fue instrumento de Dios para generar vida y una acción liberadora. Quien menos posibilidades tenía, utilizando trapos viejos, ropas raídas y una soga, sacó al profeta de la cisterna que lo condenaba a la muerte.

 

Actualmente hay quienes, cual Jeremías, han sido lanzados a la cisterna. Las cisternas nos recuerdan nuestra fragilidad humana. Posiblemente nosotros mismos hemos sentido que las malas acciones e injusticias de otros nos han lanzado a una cisterna. Sin embargo, también hay quienes, cual Ebed-melec, han aceptado el llamado divino de ser instrumentos de libertad y vida. Estas personas son quienes no se amilanan ante las injusticias o sus propias limitaciones. Son quienes saben que cualquier recurso —así sea una soga, trapos viejos o ropas raídas y andrajosas— puede ser un recurso de vida en las manos del Señor.

 

A las cisternas de la vida no tienen que llegar ángeles o gente poderosa, sino gente dispuesta a ser instrumento de bendición en la vida de otros. ¿Eres tú de esos?

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