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Una mesa abundante en amor


Mateo 15:25-28


El evangelista Mateo nos presenta un encuentro muy particular entre Jesús y una mujer extranjera que se presenta ante él suplicando por la salud de hija enferma. De entrada, es extraño el texto porque no era la costumbre ni lo apropiado que una mujer se acercara a un hombre para ninguna solicitud en público. Pero ella desafía todas las normas para pedir por su hija.


Lo primero que nos desconcierta es el silencio de Jesús, pues esa es su primera respuesta. Cuán difíciles se nos hacen los silencios porque los relacionamos con inactividad. Sin embargo, hay silencios que son terapéuticos, pues proveen el momento apropiado para la reflexión. Jesús solía recurrir a este silencio en algunas ocasiones. Le vemos callado, dando tiempo al análisis, a la reflexión; dándonos la oportunidad para ver si es posible que podamos pensar antes de actuar.


Ese silencio contrasta con las palabras de los discípulos a quienes, según el texto, la presencia y la solicitud de la mujer les es molesta. Pero no podemos señalar a los discípulos pues nuestras respuestas en ocasiones son parecidas a las de ellos. ¿Cuántas veces volvemos la cara cuando vemos a un joven con el cuerpo ulcerado por las drogas que consumen su vida? ¿Cuántas veces nos hemos molestado por las escenas sangrientas o de hambre y necesidad que pasan por los noticieros? ¿Qué es lo que sentimos más; asco o indignación? ¿Se nos revuelve el estómago por las escenas de sangre o por la pérdida de vidas?


Ante la insistencia de la mujer y la queja de los discípulos Jesús le dice a la mujer que él ha venido a atender a las ovejas perdidas de Israel y que no está bien tomar aquello que está destinado para ellos y echarlo a los perrillos. Es una respuesta fuerte de Jesús. Y es que él está expresando lo que está en la mente de los que le rodean, de los que piensan en términos excluyentes. De aquellos que critican que Jesús sane una persona enferma en el día sábado, pero que sin embargo rescatarían un animal pillado en una cerca. Es por ello que el juego de palabras entre la mujer y Jesús resulta tan revelador. Jesús hace referencia a un perrillo, una mascota, un perro faldero, de los que tenemos en nuestras casas que a veces son los más que se quieren. Que paradójico, que en muchos países hay personas y aún familias que se alimentan de lo que las demás personas echan a la basura porque no están dispuestos a darlo a sus perrillos, sus mascotas.


La cananea capta muy bien a Jesús y le responde con un reto mayor; aún los perrillos reciben las migajas de la mesa de sus amos.

Es importante entender que la mujer no se está comparando con un perrillo. Ella está apelando al sentido de justicia que predomina. Si la misericordia tan sólo da para migajas, ella sabe que aún con esas migajas se puede alimentar un perrillo.


Jesús reconoce la sabiduría de la mujer y sabe que ella ha captado el mensaje; por eso le responde, “mujer, grande es tu fe, hágase contigo como quieres”. Aquella mujer tenía la certeza que, tan sólo unas migajas de parte de Jesús serían suficientes para saciar su necesidad. Pero Jesús no le dio migajas, porque Jesús no da migajas. Todo lo contrario, le preparó un banquete y le dio en abundancia de la mesa a la que ella había acudido con la esperanza de que de allí, no saldría vacía.


En esta celebración, al acercarte a la mesa recuerda agradecer a Dios que no te dé migajas; sino que te brinda siempre de la abundancia de su amor, de su misericordia, de sus cuidados, de su provisión, de su perdón, de su gracia. Pero además te invito a preparar mesa; que no es otra cosa que hacer comunidad, construir relaciones; abrir posibilidades de servicio; participar del proyecto divino, comenzando en tu propia familia y con tu comunidad, preparando mesas de las que nadie recibe migajas, sino abundancia de amor, de perdón, de reconciliación, de oportunidades. De modo que seamos copartícipes con Dios para que nadie quede excluido o excluida de su gracia. Photo credit:  Jose Luis Pelaez Inc/Getty Images