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Un toque verdadero, toque de salud

Marcos 1: 29-31


Desde la narrativa de Marcos, la primera mujer que aparece en el ministerio de Jesús es esta mujer mayor, que se encuentra en su casa. Está, según conceptos de la época, en el lugar donde debería estar. Y hasta allí va Jesús, quien no se conforma con entrar en la casa, sino que se allega hasta donde ella se encuentra, en la habitación, en una cama, enferma. Jesús salta todas las barreras y llega hasta el espacio más íntimo de aquella mujer, para allegarse donde está su sufrimiento, su angustia, su enfermedad. Esta mujer mayor, rezagada, que más que ayuda, para alguno podría parecer una carga, recibe la visita de Jesús, quien no se mantiene a distancia, sino que se acerca al lugar de su mayor necesidad. Lo próximo que nos dice el texto es que Jesús toma de la mano a aquella mujer. Otra barrera más que supera Jesús. Una y otra vez nos encontramos con el Jesús que no teme los prejuicios, que no teme el qué dirán. Que siempre se acerca, que no se mantiene a la distancia, que siempre extiende su mano, que siempre ofrece un toque de respeto, de gracia y de amor. Fíjense lo importante de este gesto, pues quien toca es a su vez tocado. En otras palabras, quien se implica es implicado. O sea, que no podemos tocar a alguien y no implicarnos, no involucrarnos con lo que sea que esté pasando esa persona: porque un toque sin implicación es un abuso. Es un uso utilitarista y egoísta de nuestro acercamiento a otro ser humano. Jesús levantó a aquella mujer del lugar de la enfermedad, del lugar del dolor, del lugar de la oscuridad, también de la invisibilidad, del lugar de la marginación, del lugar del prejuicio y de la deshumanización. Jesús usó de la fuerza del amor, de la compasión, de la gracia transformadora y sustentadora para dar una nueva oportunidad a aquella mujer, una oportunidad que le dignificara. Esta expresión significa que no la levantó independientemente de su voluntad, sino que potenció esa voluntad, ese deseo y esa capacidad, de manera que pudiese ponerse en pie. Y es que así es Jesús, siempre nos pone de pie. Así es Jesús, no se conforma con sanar, quiere que la gente se levante de sus tumbas, de sus lechos, de las orillas de las calles, de los lugares de marginación y se levante sobre sus pies para seguir adelante. Con la sanidad lo que ocurre es que aquella mujer marginada y desplazada, aquella mujer que, al igual que aquellos pescadores, no parece tener lo que debería tener para ser útil al ministerio de Jesús, se convierte en protagonista de la misión. Se convierte en colaboradora de la tarea de servicio de Jesús. Porque la casa se llena de gente y ella sale de sus aposentos para servir. Ella, como aquellos pescadores, abandona el lugar fijado, la posición otorgada, las limitaciones establecidas y se hace copartícipe y también discípula de Jesús. Jesús siempre supera todos los obstáculos para acercarse allí donde nos encontramos. A nuestros lugares más íntimos, a los espacios donde nos han metido o donde nos hemos metido. Al lugar de enfermedad, de confusión, de angustia. Allí nos encuentra Jesús, y siempre nos encuentra para extender su mano y sanarnos, levantarnos, restaurarnos. ¿Quieres permitirle al Señor que te saque del lugar difícil donde te encuentras y que extienda su mano para levantarte, de modo que puedas seguir delante de pie y con fuerzas renovadas? ¡Esa es la invitación!