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Un Juramento Inmutable

Hebreos 6:11-18



Cuando era niña, en mi familia se impuso una regla de no usar la expresión “te lo juro”. Mi abuela Marta, quien era la que establecía estas normas en mi hogar, me explicó que, cuando se jura, se hace por alguien de más poder, y como eso le corresponde sólo a Dios, jurar en su nombre sería tomarlo en vano. “Por eso no tienes que jurar”, me dijo mi abuela, “pero siempre tienes que cumplir tus promesas”.


Esta porción del capítulo 6 de Hebreos, nos plantea una invitación a la fe y la paciencia que traen como consecuencia, la confianza plena en las promesas de Dios.


Noten que, el escritor hace referencia al juramento que Dios hizo a Abraham, en un momento cuando parecía que la promesa cumplida en la vida de Isaac, sufriría un revés. Y Dios hace juramento por sí mismo, afirmando y confirmando que su palabra es inmutable y sus promesas son verdaderas.


El escritor de Hebreos lo expresa de la siguiente manera; “tengamos un fortísimo consuelo quienes hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.” Ese Consuelo fuerte y firme, no se sustenta sobre la superstición, la ignorancia, ni tampoco sobre los anhelos de que así sea lo que esperamos. Se sustenta sobre la fe que viene por lo que hemos visto que ha sido el obrar de Dios en favor de toda la creación. Así como lo expresa el salmista, “Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos”, de igual manera, quienes hemos conocido del obrar de Dios y hemos experimentado su misericordia, damos testimonio inequívoco, y proclamamos a voz en cuello, que ¡Dios Siempre cumple sus promesas!


Pero hay algo más. Esto no es asunto simplemente de palabras, pues precisamente esta porción, desde el versículo 11, exhorta a no ser perezosos, sino que continuemos esforzándonos, cumpliendo con lo que nos corresponde, pues Dios no se olvida de nuestro trabajo.


Es fácil hablar de la bondad y misericordia de Dios y es igualmente fácil hablar de nuestra gratitud a Dios por su fidelidad, pero Dios requiere de nosotros y nosotras, más que palabras, nuestras acciones concretas, como evidencia de que verdaderamente hemos confiado en el Señor.


Quien tiene confianza que Dios está obrando en su vida, no teme poner lo mejor de sí al servicio de Dios y del ministerio; quien sabe que Dios es su proveedor y que no le dejará de su mano, no teme ofrendar con gratitud para que se realice la Obra; quien reconoce que todos las horas y los momentos le pertenecen a Dios, ofrece su tiempo como ofrenda para el servicio del Señor. Quien reconoce que no hay por qué afanarse ni desesperar ante lo que no podemos controlar, busca primeramente el Reino de Dios y su justicia, porque sabe que todo lo demás será por añadidura.


Dios quiso jurar por sí mismo, cumplir sus promesas; cumplamos nuestras promesas y compromiso con Dios.