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¿Somos iglesia?

1 Pedro 2: 9–10

 



Hace unas décadas atrás, participé de una dinámica en un retiro de jóvenes en la cual teníamos que pararnos frente a un espejo y decir quiénes éramos. No bastaba con mencionar nuestro nombre, lugar de procedencia o pasatiempos: debíamos describirnos como seres humanos hasta llegar a expresar nuestro propósito en la vida. Entre todos aquellos jóvenes, hubo uno que, al pararse frente al espejo, se quedó en silencio y comenzó a llorar. Solo pudo expresar que no sabía quién era y que no sabía cuál era su propósito en la vida. Pienso que aquel joven fue más sincero que la mayoría de los que nos paramos frente aquel espejo, pues sagazmente contestamos lo que se esperaba, pero solo él tuvo la valentía de presentarse a los demás con honestidad.


Este recuerdo me hace pensar en cómo se ve la iglesia a sí misma. El pasaje considerado describe a la iglesia de varias maneras: “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa…”, pero, más importante aún, expresa cuál es el propósito de la iglesia: “anunciar…”. Como expresa Giácomo Cassese: “La misión (de la iglesia) se expresa en su vocación… Es decir, en un deber para con Dios y para con nuestros semejantes”. Esta visión de la iglesia la vemos en la imagen del sacerdote del Antiguo Testamento que intercedía por el pueblo ante Dios. De esta manera, el apóstol Pedro quiso hacerles saber a los primeros cristianos cuál era el propósito de su sacerdocio, es decir, cuál era el propósito de la iglesia: el servicio de hacer público el amor de Dios.


A la luz de lo anterior, debemos preguntarnos si realmente sabemos lo que significa ser iglesia del Señor. Más importante aún: si conocemos nuestro propósito como iglesia. Al plantear esto, recuerdo esa experiencia de aquel retiro, pues hay quienes creen saber lo que significa ser iglesia y sagazmente proponen las respuestas que todos quieren escuchar. Es posible que, para algunos creyentes, ser iglesia sea formar parte de un grupo privilegiado o exclusivo de gente que, cual realeza, esperan pleitesía y exigen obediencia. Quienes así piensan no han entendido el propósito de Dios para la iglesia, ni el evangelio, cuya base es la negación a uno mismo para darse a aquellos a quienes Dios pone en nuestro caminar. Creo que debemos presentarnos ante el Señor como aquel joven, sin respuestas preconcebidas, pero con la disposición de que nos haga entender Su propósito en nosotros.

 

¡Así nos ayude Dios!

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