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Seamos congruentes

1 Juan 1: 5–10

 

¡Cuán importante es ser congruente! Hace unos meses sostuve un diálogo con una pareja joven. En aquella conversación hablamos sobre diversos temas, hasta de la espiritualidad y la fe. Yo les había dicho que era pastor y con mucho entusiasmo les pregunté en qué iglesia se congregaban. Con mucha apertura me hacen saber que no se congregaban. Acto seguido les pregunté: “¿Por qué no se congregan?” Su respuesta cargada de sinceridad fue: “porque nos cansamos de que no hubiera congruencia entre lo que dice el evangelio y lo que se dice y hace”.


Precisamente esa es una de las inquietudes del autor de esta carta. Para él, estar en la luz de Dios debía tener unas consecuencias prácticas en la vida del creyente, entre estas: la búsqueda de armonía con la voluntad de Dios. Con esta expectativa, el autor instaba a un acercamiento genuino a la verdad de Jesucristo, sus enseñanzas y ejemplo, de manera que no existiera una dicotomía entre lo que los creyentes profesaban y lo que demostraban con sus acciones. Una de esas consecuencias prácticas eran las relaciones sanas con el prójimo. Pareciera que, para el autor de la carta, vivir en la luz —que es la salvación— tiene dimensiones comunitarias. Así pues, los creyentes no debían solo mirar hacia “arriba”, sino que debían también mirar a su “lado” y actuar como buen prójimo hacia aquellos quienes Dios ponía en su camino. Tal comportamiento serviría de prueba de la limpieza que la sangre de Cristo había efectuado en la vida de los creyentes.


Los destinatarios de la carta debían considerar este consejo pastoral, pues ellos corrían el riesgo de ensañarse a sí mismos negando su pecaminosidad y viéndose como gente perfecta o superior a los demás. Este pensamiento se distanciaba mucho de la tradición bíblica que afirmaba que todo ser humano es pecador y de la tradición de Jesús cuando oró al Padre: “perdona nuestras ofensas…”. Con sus palabras, el autor hace un llamado de urgencia a su audiencia a poner los pies en la tierra y a reconocer con sinceridad sus pecados, con la confianza de que Dios no solo los perdonaría, sino que también purificaría sus vidas. Lo opuesto a este llamado sería permanecer en una actitud arrogante y prepotente que demostraría una falta de armonía con Dios y con el prójimo.


Recientemente vimos y escuchamos, a través de las redes sociales, unos comentarios muy lamentables de parte de una pastora en los cuales criticaba a las personas negras por racistas y se burlaba de algunos políticos de nuestro país. Dichas expresiones, las cuales son deplorables, me hicieron recordar la conversación con aquella pareja. Es necesario que seamos congruentes.


Que nuestra afirmación de fe vaya de la mano con nuestras palabras y acciones. Así nos ayude el Señor.

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