Buscar
  • Rvda. Yamina Apolinaris

No es asunto de salero en mano...

El tema de esta campaña de misiones, es una invitación que toma como base el texto de Mateo 5:13; “vosotros sois la sal de la tierra”. Es un pasaje conocido y podría decirse que, a quienes creemos y seguimos a Cristo, tenemos claro que se nos convoca a ser sal de la tierra, pero no siempre es así.


Hay personas que piensan (o por lo menos así actúan), como si este llamado fuese un asunto de, simple y sencillamente llevar un salero en mano. Pareciera que se nos insta a ir por la vida regando sal aquí y allá, en aquellas acciones donde pensamos que hace falta ponerles “sazón cristiano”. Desde este entendimiento de las cosas, nos limitamos meramente a procurar que haya elementos cristianos en las prácticas individuales o grupales en nuestra sociedad. Por eso, como decía Jesús de algunos religiosos de su tiempo, nos deslumbramos por quienes desean que todo el mundo sepa que están en ayuno, para que piensen que son espirituales; o que les gusta orar en los lugares públicos, aunque luego las decisiones que se tomen no reflejen los valores del Evangelio. Cuando es así, vertimos “sal”, logrando que las cosas tengan buen sabor, que parezcan estar condimentadas, pero olvidando que, esto no significa que el producto o su resultado sean buenos. Abundante sal sobre una carne en mal estado puede disimular su sabor, pero no evita que nos haga daño.


Jesús nos convoca a ser sal de la tierra. La sal ha sido utilizada para preservar ciertos alimentos. Permite que no se estropeen y, por ende, que no nos hagan daño. Ser sal de la tierra, es preservar, pero no para nuestro deseo o voluntad, sino para que se cumpla el propósito divino. Es, más que poner nuestra mirada en lo exterior, es mirar el fundamento. Es asegurarnos, no que las cosas sepan o parezcan buenas, sino que lo sean en verdad.


Llevar un salero en mano, es distanciarnos del mundo, y desde la distancia, rociar, lo que pensamos que tiene que ser sazonado. Ser “sal de la tierra”, es estar, como Cristo, en medio del mundo; y como Él, en nuestro caminar y por nuestra presencia, hacer posible que el mundo pueda estar impregnado y ser transformado por el amor de Dios manifestado a través de nuestras vidas. ¡Seamos sal de la tierra!