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Hagamos lugar para el amor

Texto: Lucas 2: 1 – 7


Las sociedades, sus estructuras políticas siempre se han preocupado por distinguir quienes son sus ciudadanos. El padrón, permite llevar un conteo de los ciudadanos y los residentes que se encuentran en cada lugar. En la promoción del censo, se enfatiza la importancia de que cada persona llene los formularios o planillas. Esto da la impresión de que hemos de ser tomados en cuenta; de que se nos ha de identificar como individuos, con valor propio, con unas cualidades y características particulares y con necesidades específicas. Sin embargo, todos sabemos que, ser “contados”, no significa necesariamente “que te tomen en cuenta”.


El Cristo que se acerca a nuestra vida, se allega en un momento cuando el mundo estaba preocupado por saber quién era quién, pero no con el propósito de tomar en cuenta a las personas, de tratarles con mayor respeto y más justicia, sino para ejercer más control sobre sus vidas.


Adviento, es el anuncio de un Dios que en su amor se ha hecho cercano y nos invita a conocerle y a relacionarnos, no de nombre, sino de corazón, no como un número más en la lista de una membresía, sino de forma íntima, no de tradición sino de experiencia viva, auténtica y en comunión verdadera. Es también la invitación a acercarnos unos y otras, y a establecer nuevas maneras de relacionarnos de forma más cercana, más compasiva; más solidaria, más amorosa. .


En el momento histórico cuando Dios se encarna, la sociedad y las estructuras políticas funcionaban de forma exclusivista. El padrón permitía a las autoridades determinar quiénes pertenecían y quiénes no. Quiénes por lo tanto tenían derechos y quiénes no. Pero que situación más interesante (por no decir incongruente), Jesús va a la ciudad de la que es su familia, a Belén, por cuanto el texto bíblico nos dice, que allí le correspondía porque era de la casa y familia de David. Pero a pesar de ir a “su casa”, a su tierra, para ser contado entre los que “eran de allí”, aun así, esto no le garantizó que encontraría un lugar donde pudiese estar cómodo y seguro. La realidad es que, aunque la gente se empadrone, aunque cuente entre las cifras de los ciudadanos o los residentes, no tienen la garantía de que podrán vivir de manera digna. Pero no se trata aquí solamente de gente que se va a otros sitios, o de gente que no puede continuar en su patria por razones diversas. Hoy vivimos en una sociedad donde mucha gente, aún viviendo en su propia tierra, puede sentirse como si estuviera “fuera de casa”. Que no está en el lugar (emocional, sentimental, psicológico, espiritual...) donde se encuentra bien, donde se encuentre en paz y en tranquilidad, donde se encuentre que puede realizarse, donde se encuentre tratado /a con respeto y dignidad. Hay mucha gente a nuestro alrededor, que se tiene que “ir de su casa” porque no tiene un sustento digno para su familia; gente que se tiene que “ir de su casa” porque sufre persecución política o social; mujeres que “se van de casa” porque allí solo hay violencia y rechazo. Jóvenes y aún niños y niñas que se “han ido de casa” porque más que un hogar es un infierno.


Adviento es el anuncio de que Dios se ha acercado, y que en Dios encontramos nuestro lugar, nuestro hogar. Dios no desplaza a nadie; no le saca fuera del alcance de su amor y misericordia, pues, todos y todas encontramos cabida.


Pero cuidado, no confundamos al Emmanuel con un Papá Noel o uno de los Reyes magos. Adviento no es el anuncio del Dios que nos va a hacer la vida más fácil, es el anuncio del Cristo que nos ha prometido estar con nosotros y nosotras siempre. Adviento no es el anuncio de alegrías enajenantes y pasajeras, es el anuncio del Dios que viene a traer gozo verdadero y duradero, porque su amor y su fidelidad no dependen de nuestros estados de ánimo ni de nuestras circunstancias, sino de la certeza de sus promesas. Adviento no es la celebración de un momento pasajero de amor desencarnado o compañerismo utilitarista, sino el anuncio de un Dios en cuyo amor está incluida su justicia; en cuya casa siempre la puerta está abierta, cuyos brazos siempre están extendidos, cuyo perdón siempre está disponible.


Adviento es el anuncio de ese reino de Dios ejemplificado en ese padre que espera a la orilla del camino a ese hijo pródigo que ha abandonado el hogar y que en su espera piensa en la fiesta que ha de preparar para recibirle y en la alegría que representará tenerle de nuevo con él. O en esa mujer que remueve cielo y tierra, con la insistencia de quien busca lo que considera de mucho valor, y mientras busca, va pensando ya cómo ha de celebrar cuando lo tenga de nuevo en sus manos.


El texto no nos dice si Jesús fue empadronado o no. Sí es claro, que este niño Dios, no tomado en cuenta por quienes más le necesitaban y hecho extranjero, aún por los suyos, recibió el nombre de Jesús, esto es salvador. De ser empadronado, así aparecería en el padrón de su tierra. Jesús, contra toda negación humana, no un nombre más ni un número más, sino el Cristo, el Salvador del mundo.


Hay una antigua canción afroamericana muy simple pero para mí muy significativa. Yo he hecho de este cántico casi una tradición, con mi traducción liberal, que dice de esta manera; “Dime María cómo llamarás al niño, cómo llamarás al santo niño. Perdid@s estamos buscando quién nos salve llámale salvador, llamémosle salvador. Dime María cómo llamarás al niño, cómo llamarás al santo niño.”


Este es el Emmanuel, quien nos invita a hacer espacio para su amor abundante.