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Hagamos espacio para la Paz


Texto: Lucas 2:8-20


Una de las tradiciones más hermosas de España son los belenes, o lo que acá llamamos los nacimientos. Son esas escenas que cada año se van haciendo más y más grandes y complejas con todo tipo de personajes. Además de María, José y el niño, no faltan entre esos personajes principales, los pastores a los que se les anunció el gran acontecimiento y los ángeles que cantaron la buena noticia.


Al evaluar los textos de referencia nos encontramos con un pequeño grupo de personas que han de formar parte del escenario de la natividad. Los personajes principales del texto son los pastores que vigilaban las ovejas en los campos. El horario de ese trabajo era las cuatro vigilias de la noche. Todo el que ha tenido que trabajar durante la noche sabe lo difícil que es mantenerse despierto. Un pastor de ovejas en tiempo de Jesús era una persona que tenía que amanecerse muchas veces cuidando su rebaño, sin que nadie se preocupara por él. Allá en el monte pasará días y noches antes que alguien se acuerde de su existencia. Su misión era velar la vida de las ovejas, de eso depende no sólo la seguridad del ganado de su jefe, sino además el sustento de los demás miembros de la familia. La pérdida de una oveja es un precio que se paga muy caro. Es precisamente a esta gente humilde, abandonada, a quienes les llegó la buena noticia de paz, pues anunciaba el nacimiento del mesías que traería gozo y esperanza para sus vidas.


Son los ángeles nuestros segundos personajes, quienes cargan con la delicada misión de anunciar el magno acontecimiento. Los ángeles no preguntan por qué a los pastores hay que decirle algo tan sublime. Simplemente el mensaje llegó a quienes tenían hambre y sed de justicia y de paz.


Así, entre el cántico de los ángeles y el desvelo de los pastores, se dio el encuentro con la paz que sobrepasa todo entendimiento. Los mensajeros celestiales que se hacían portavoces del plan de Dios para el mundo y por eso cantaron; “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz”.


Los humildes pastores, que no sabían mucho de planes, ni estaban acostumbrados a escuchar cánticos celestes en la oscuridad de la noche, se regocijaron, porque esos, que se enfrentan a los espacios oscuros y que dominan los caminos de las estrellas, vieron brillar la luz de la esperanza para sus vidas.


Allí, en donde nadie pensaría, encontraron su paz. Porque es así como Dios trata con la vida. Solamente Él abre senderos de paz y de esperanza en los lugares más duros y en las circunstancias más inhóspitas; para anunciarnos su amor maravilloso.

El anuncio sigue vigente, en un mundo de luchas y conflictos, somos como esos ángeles que irrumpen las tinieblas, para iluminar el camino a la paz, que comienza con el encuentro con el Emmanuel. Es Dios en medio nuestro, que nos permite vivir en armonía, obrar en justicia y buscar la paz con todos y todas. La paz por lo tanto no es una utopía. La paz es posible, porque el Dios que vino a acompañarnos, nos conduce por caminos de transformación y de vida.


Quiera Dios que nuestros corazones ardan con la llama de la verdad y entendamos el significado de este momento. El llamado es, a hacer lugar para el Emmanuel en nuestros corazones, y que eso nos conduzca a hacer de nuestros hogares, nuestras relaciones y nuestras vivencias, espacios de paz y buena voluntad.