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“En quietud, reconociendo que nos sostiene Dios”


Por los pasados días hemos venido escuchando noticias relacionadas con los cuidados que debemos tomar para prevenir el contagio con el Coronavirus. Ante el anuncio de nuevos casos sospechosos y la suspensión de actividades que agrupan gran cantidad de personas, se acrecientan las preocupaciones y las ansiedades.


A esto se añaden las “profecías del fin del mundo”, que, de forma gratuita y sin pedirlo ni quererlo, recibimos en la farmacia, el supermercado, las oficinas médicas y cualquier otro lugar donde nos encontremos. Esas expresiones de personas que siguen sacando el texto fuera de contexto, lejos de calmarnos, provoca mayor intranquilidad.


Esta acumulación de sentimientos de angustia y temor, ha ido en aumento, por los pasados dos años, creando un ambiente social y una condición emocional que causa gran desasosiego. Ante todo esto, recurrimos una vez más, y de manera responsable, a las herramientas de la fe.


Escuchamos la voz del salmista que nos invita a estar en quietud. Esto no significa estar sin hacer nada. Claro que tenemos que hacer TODO lo necesario para evitar el contagio de todo tipo. ¡Pero cuidarnos no significa desesperarnos! La quietud sosiega nuestra mente y nos permite recordar que hemos pasado por situaciones difíciles; que nos hemos enfrentado a grandes retos; que la vida nunca está ausente de sus conflictos y dificultades; pero ante todo y en todo, Dios está presente. También esta quietud nos lleva a enfocarnos no sólo en nosotros y nosotras mismas, sino a ser solidarios(as) con las demás personas. El temor, hace que las personas piensen sólo en ellas mismas, por eso se llevan de los supermercados lo que pueden adquirir sin pensar si lo necesitan o si lo van a utilizar. Por eso actúan como si sólo ellos y los suyos fuesen quienes necesitan. El temor nos lleva al egoísmo y a la insensibilidad.


¡No desesperemos! Allí donde hay temor, allí donde parece que no hay salida, allí donde nos debatimos entre temores internos y externos, reales o irracionales, es decir, sea cual fuese la situación, Cristo se hace presente. Y su presencia, nos colma de esa paz que sobrepasa todo entendimiento.


¡Dios les bendiga!