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En el exilio, confiando solo en Dios

Jeremías 24: 1-7


Comienzo señalando lo evidente: este ha sido un tiempo sumamente difícil. De igual manera utilizo una frase que no es una muletilla sino una filosofía de vida: hay que connotar las cosas en positivo. En el contexto de nuestra realidad difícil, sería buscar los aprendizajes que podemos obtener en este proceso que estamos viviendo.


El texto de esta mañana es parte de ese mensaje del profeta, que, como saben, le ha tocado una tarea sumamente difícil. No sólo porque no es fácil ser portavoz de Dios en circunstancias de crisis, sino porque su misión tenía que ver más con desolación que con esperanza.


Lo más dramático de este mensaje de Jeremías es que este mensaje de destrucción y de desolación y castigo no es contra los enemigos de Judá sino contra el propio pueblo. Ese pueblo que Dios amaba y a quien le había mostrado su fidelidad y su misericordia. Ese pueblo que Dios escogió, no porque fuese algo especial ni porque se lo mereciera, sino sólo por la gracia divina. Ese pueblo que era sólo un puñado de esclavos sin posibilidades y a quien Dios dio una tierra fructífera y un futuro prometedor. Y llegó el exilio, porque hay momentos en nuestra vida individual como colectiva cuando llega el exilio.


Volviendo al texto de Jeremías nos encontramos con una visión que Dios da al profeta. Hay dos cestas de higos, una de higos buenos y otra de higos malos. Y si yo les preguntara, con toda probabilidad ustedes concluirían que ya saben de qué se trata, de los buenos y de los malos; como de las ovejas y los cabritos. Pero no es así. Estas categorías de “buenos” y “malos” no son términos morales, no es que una parte del pueblo era mejor que la otra. Paradójicamente en este texto, los que se quedaron en su tierra son los que Dios identifica como los higos malos y los exiliados son los que Dios identifica como los higos buenos. El asunto es el siguiente: los que permanecieron en su tierra vivían en una falsa esperanza. Todavía confiaban en sus posibilidades, confiaban en sus planes y proyectos de prosperidad, confiaban en sus alianzas, creían que Dios continuaría teniendo misericordia y les iba a socorrer una y otra vez independientemente de sus injusticias, creían que tenían seguridad porque después de todo no estaban en el exilio. Su esperanza se sustentaba en sus propios esquemas y sistemas humanos y por lo tanto, estaban carentes de toda esperanza verdadera.


¿No les parece que nos parecemos mucho a este pueblo? Hermanos y hermanas, ¡estamos en crisis! Se gastan millones y millones de dólares pero la gente sigue sin trabajo, las personas siguen perdiendo sus viviendas, la educación está por el piso, se ha perdido el respeto por la vida, la violencia está a todos los niveles. Pensamos que con cárceles, macanazos, pena de muerte, proyectos, discursos, senadores o legisladores de un color o de otro, eso es lo que nos va a dar sentido de seguridad.


Y Dios opta por los exiliados y las exiliadas. ¿Y quiénes son las personas exiliadas? Los exiliados son los que han perdido la esperanza. Las exiliadas son las que saben que están sin tierra, sin templo, sin patria, sin futuro, sin esperanza. Cuando la vida está fuera de control y las posibilidades humanas no conducen a ningún lugar, no hay duda que la liberación sólo proviene de Dios. Los higos buenos son el pueblo que, habiendo perdido toda esperanza, solo puede sostenerse en Dios. Y Dios les escoge precisamente porque no tienen nada más. Ustedes y yo sabemos que, mientras las cosas más o menos resultan, mientras nuestros planes más o menos se cumplen, mientras nuestras posibilidades más o menos se realizan seguimos mirándonos a nosotros/as mismos/as y buscando lo que hace falta en nosotros/as mismos/as; pero cuando todo falla, cuando nos quedamos sin nada, cuando las cosas están fuera de control y no vemos posibilidades, entonces buscamos a Dios, entonces reconocemos que no podemos, entonces nos damos cuenta de lo frágiles que somos, entonces somos capaces de mirar más allá de nosotros mismos/as.


Los exiliados están listos para ver a Dios porque no están cegados por la seguridad, los beneficios o el poder humano. Los exiliados están dispuestos/as a permitir que Dios obre porque saben que no hay futuro fuera de Dios. Los exiliados se abren al poder sanador de Dios, al Dios que sana sus cuerpos, sus corazones, sus sentimientos, sus pensamientos, sus vidas. Los exiliados permiten que Dios sea Dios y que Dios obre en sus vidas y a través de sus vidas.


En este tiempo de exilio, podemos encontrarnos con Dios de maneras nuevas y descubrir las formas en que ese amor maravilloso de Dios abre nuevas posibilidades para la verdadera esperanza y la única vida abundante, que solo se encuentra en Dios.