Buscar

“Como el rocío de la mañana”

Texto: Salmo 133:3

Este salmo es una canción de los peregrinos en su trayectoria hacia el templo de Jerusalén. Es por lo tanto una expresión de la bendición que el pueblo ha experimentado en sus vidas y que la compara con los elementos naturales que le rodean.


El salmista hace uso de la imagen del rocío del monte Hermón, para representar la bendición de Dios. Esto significa, que no se trata aquí de unas cuantas gotas de agua mañanera, sino del agua que se ha acumulado a lo largo del invierno y que, en la primavera, al bajar el sol y caer la noche, va nutriendo la atmósfera hasta producir un rocío fuerte, copioso, abundante y nutritivo.


La imagen de ese ecosistema unificador, es el que el salmista utiliza, y que tan bien lo recoge el cántico. En términos bíblicos, el rocío simboliza la bendición, el ánimo, la disposición, la energía, el vigor. En el ámbito de las relaciones humanas, hablar de hermandad y de armonía, es hablar de un rocío que nos alcanza a todos y todas, ya no como un elemento natural, sino de uno espiritual. Pues es el toque del Espíritu divino el único que puede traspasar las divisiones, las barreras, las distancias y nutrirnos de todo aquello que viene de lo alto, supliendo lo necesario para nuestro crecimiento y para nuestra madurez.


Es así como, este rocío, este don del Espíritu, no viene sólo a humedecer, con todo y lo necesaria que sea el agua para el sustento y la supervivencia, sino que más que eso viene a nutrir.


De esa manera es la armonía que Dios hace posible a través de la hermandad. Es lo que hace posible que el cuerpo de Cristo no sólo se mantenga vivo, sino que es además lo que nos permite crecer, lo que nos permite desarrollarnos, lo que nos permite dar frutos. Por eso es que se convierte en bendición de parte de Dios.


Es momento de recordar que, ante los momentos de aridez, de sequía y ante las situaciones de dolor, que han traído sufrimiento, que han agotado tus fuerzas, que te han hecho sentir seco/seca; ante todo eso, Dios nos invita a abrir nuestro corazón y recibir de ese Espíritu nutridor, que humedezca y dé vida, avivando así nuestra voluntad, nuestra fe y nuestra esperanza. Que el amor y la hermandad nos lleven de la mano, de modo que podamos recibir la bendición de su amor, que se manifiesta en la hermandad.