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¡Aviva la llama!



2 Timoteo 1:1-7

Hoy día, en nuestro contexto, este asunto del fuego y de las llamas, es un asunto que relacionamos más con barbacoas y festividades al aire libre. Como mucho, lo podemos considerar desde un lenguaje poético que hace referencia a nuestras emociones y sentimiento, específicamente a lo que tiene que ver con el amor.


En otros contextos o en otras épocas, las llamas encendidas representaban no sólo un espacio de calor que nos protege del frío, sino además que abriga y ofrece confort y seguridad.

En el contexto de esta segunda carta a Timoteo, Pablo le recuerda al joven Timoteo, que, siendo ese un momento de grandes dificultades, tanto personales como de la comunidad de fe, es necesario reanimar la llama del llamado y compromiso con el Señor.


Es un tiempo donde la iglesia está siendo perseguida, el mismo Pablo está encarcelado, bajo condiciones más restrictas y difíciles que la vez anterior. Y además con una condena de muerte sobre su cabeza. Los amigos lo han abandonado y hay quien además pone en tela de juicio su ministerio. Son momentos donde la reacción más normal del mundo sería la de estar atemorizados por lo que ha de venir. Precisamente, porque la hora es difícil, es necesario que arda aún más, la llama de la fe y la dedicación a la Obra del Señor.


Fíjense bien que el llamado no es a prender el fuego. Esto es así porque no es la ausencia del fuego lo que le preocupa al apóstol Pablo. De modo que no se trata de dudar que el Espíritu está presente en su vida. Sin embargo, el apóstol sabe que las situaciones por las que pasa Timoteo, como las que puede pasar cualquier persona, más aún, cualquier cristiano/a, pueden impactarnos y hasta causar dudas y temores, por un futuro incierto. Pero, sin lugar a dudas, esto no significa que el Espíritu no esté presente en nuestras vidas.


Pablo invita a Timoteo, y por medio de esta carta, recibimos también la invitación a Avivar la llama del don de Dios. Podemos pensar en muchas cosas e interpretar la expresión de diversas maneras; pero recuerden, que el texto mismo nos da las claves para su interpretación. Ahí está la clave, en que el espíritu que Dios nos da, es de poder, amor y dominio propio. Este es el antónimo, es decir, lo contrario a la cobardía o temor.


La batalla es por la mente. Tener una mente controlada, disciplinada significa enfocar en lo esencial; ser guiados por el Espíritu. Cuando estos tres están presentes, entonces somos personas maduras y el trabajo que realizamos cumple el propósito divino en nuestras vidas y a través de nuestras vidas. No es un espíritu de poder para dominar sino para amar. No es el celo de quienes quieren destruir, sino la fortaleza balanceada y el obrar en amor, para la edificación de la iglesia, del cuerpo de Cristo.