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Alabanza por la respuesta divina

1 Samuel 2:1–10


 



Una vez pastoreé a una hermana que oraba constantemente por su familia. Ella siempre afirmaba con mucha convicción que un día vería a toda su familia sirviéndole al Señor. Su experiencia de fe era toda una celebración: ella alababa a Dios como quien sabía que recibiría una respuesta. Poco a poco sus hijos fueron llegando a la fe, pero aquella mujer se enfermó. En el proceso fue olvidando vivencias, su rutina, fechas especiales, hasta olvidar a sus seres queridos. Mientras estuvo enferma, llegó a la fe el último miembro de su familia por el que ella había orado. En ese proceso hubo quienes lamentaban que ella no hubiese visto la respuesta completa a su oración. Otros afirmaban que su vida había testificado de lo que ella ya había visto con los ojos de la fe.


El pasaje considerado nos presenta una experiencia similar. En el pasaje vemos la oración y expresión de alabanza y testimonio por la respuesta divina en la vida de una mujer: Ana, la madre del profeta Samuel. Vale recordar que Ana anhelaba tener un hijo, razón por la cual oraba y lloraba en la presencia del Señor. Al recibir la respuesta a su oración, adoró y, según la tradición bíblica, expresó la oración que estamos considerando hoy. Esta oración es en sí misma un canto de alabanza en el que Ana alaba al Señor por su salvación, que en el contexto de este pasaje es la respuesta divina a su oración. Sin embargo, no se limita solo a alabar al Señor por su salvación, pues también le alabó por su santidad, justicia y por la esperanza que reciben aquellos quienes a Él se acercan.


Al reflexionar en este pasaje, podemos observar cómo Dios responde a la vida del ser humano en medio de sus pesares para demostrarle su favor y gracia. Bien lo expresó el autor bíblico cuando dijo que el Señor no desprecia a quien se acerca a Él con un corazón contrito y humillado. La respuesta de quien ha experimentado el favor de Dios debe ser una respuesta de testimonio, aquella que nace desde la más profunda expresión de adoración, que es la entrega, tal como lo hizo Ana, quien entregó al Señor aquel hijo por el que había orado.


Hoy, en el contexto del Día de las Madres, estamos invitados a mirar desde los ojos de la fe lo que Dios puede hacer en nuestras vidas, y, desde esa fe, testificar y adorar por lo que Dios hará, aunque nuestros ojos no lo hayan visto o no lo lleguen a ver.

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