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Al encuentro con Jesús, fiel acompañante en nuestro camino


Al comienzo de esta Semana Mayor, afirmamos y sí, celebramos, que, en Cristo Jesús, Dios se acercó al mundo y así, no sólo caminar en medio nuestro sino más aún, ser acompañante fiel de nuestra jornada.

El evangelista Juan describe la entrada de Jesús a Jerusalén, usando el género de la narrativa del encuentro. A través de ella que muestra a las personas que van tras Jesús, para encontrarse con él en el camino. Las multitudes siguen a Jesús porque han visto o han oído cómo Jesús levantó a Lázaro de entre los muertos.

El texto recoge los dos grupos que se acercan a Jesús; judíos y griegos. Muchos vienen tras el milagro, tras la señal. Jesús sabe que ha llegado su hora, y les responde utilizando una metáfora del grano de trigo que es necesario que caiga en la tierra y muera porque sólo así puede dar su fruto. Jesús está hablando de sí mismo, porque él es como la semilla del trigo que cae en la tierra y que da fruto de vida, de sustento, de nutrición, de salvación no para unos cuantos, sino para toda la humanidad.

Pero Jesús no hablaba sólo de él, también hablaba de aquellos y aquellas que iban a su encuentro. También a ellos y ellas les había llegado su hora. La hora, como muy bien lo plantea el Evangelista Juan, para asumir postura. Porque, a Jesús no hay sólo que buscarle, sino encontrarle en el camino, pues sólo así su acompañamiento traerá transformación y vida abundante. Y esa muerte que está a las puertas, pronto destruirá los últimos vestigios de un entendimiento equivocado de lo que significa ser un discípulo de Jesús. Este Mesías victorioso muere, y con su muerte algo morirá también en sus discípulos. Sus viejas concepciones y sus sueños más preciados se harán pedazos, pero es que sólo así podrán experimentar al Cristo Resucitado y ser ellos mismos levantados a una nueva vida.

A nosotros y nosotras también nos llegó la hora. Sin duda nos ha llegado la hora de reconocer y ver a Cristo, en este camino que nos ha tocado transitar. Como Jesús quisiéramos decir, “Si es posible que pase de mi esta copa”; y como Jesús deberíamos concluir “pero no mi voluntad sino la tuya”.

Porque esta hora y este camino puede representar un momento oportuno para plantearte con seguridad, que la hora ha llegado de pedir a ese Jesús, sentado en ese pollino, que entre en nuestro camino; un camino que se ha convertido en el campo de batalla de nuestra existencia, para traernos su paz.

Sin duda, llegó una hora que nos puso en un camino que jamás imaginamos transitar. Ni en una película de ciencia ficción nos hubiésemos imaginado un virus que hiciera que casi toda la población mundial tuviese que estar encerrada en sus casas. Que cerraran universidades prestigiosas. Que las calles de una ciudad que nunca duerme estuviesen solitarias.

Por mucho tiempo construimos un camino hecho, a lo nuestro. Y le dimos prioridad a nuestros trabajos, los estudios, los negocios, los paseos, las fiestas, por encima de nuestras familias, de relaciones, de cuidados a otros/as en necesidad. Y nos creíamos que el dinero, la posición, los recursos, lo que habíamos alcanzado, nos daban seguridad y bienestar.

Pero llegó la hora cuando, se cerraron los puestos de trabajo, se cerraron los negocios, y nos mandaron a nuestras casas, y ni el mejor plan de salud, como tampoco el dinero nos garantizan que tendríamos salud, ni siquiera un espacio en una unidad de cuidado intensivo, mucho menos una simple mascarilla para protegernos.

No hermanos y hermanas, no trato de asustarte, sólo describo lo que es nuestra realidad, la realidad de todos y todas. Pero con todo y esa realidad, hay muchos y muchas que sabemos que, ni la angustia, la desesperación o el desasosiego tienen que ser nuestro destino.

Estamos como grano que ha caído en tierra. Y yo te pregunto, ¿crees que puedes levantarte y seguir adelante con esperanza? Yo creo que sí. Pues la hora ha llegado de poner al descubierto, nuestra vida, pero más aún la misericordia de Dios. La hora ha llegado de saber y demostrar en dónde hemos puesto nuestra mirada.

Después de todo, en cierta medida sí se trata de morir, pero no de morir para desaparecer, sino de morir para vivir plenamente. Cristo te invita a no dar el poder y la prioridad a lo que en verdad no lo tiene. No estamos diciendo que no hay que trabajar, o estudiar o de dejar de esforzarnos para salir adelante.

Lo que sí necesitamos es, reconocer que, en el análisis final, esos son recursos que logramos y bendiciones de las que disfrutamos, pero eso no lo puede ser todo en nuestra vida. Ese no puede ser nuestro norte ni nuestro derrotero; mucho menos puede ser nuestro Dios. Porque, cuando todo eso termina o desaparece, con qué o con quien nos quedamos.

Como con los discípulos, dejemos morir nuestras falsas concepciones de nosotros y nosotras mismas al igual que de Dios. Esta hora nos ofrece una nueva oportunidad para descubrir al Dios del amor, de la gracia, del perdón, de la misericordia. Dejémonos encontrar por ese Dios amoroso y fiel, quien, a través de su Espíritu, se nos acerca y nos acompaña en esta travesía difícil, para darnos vida plena y abundante.