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  • Rvda. Yamina Apolinaris

¡Ve y zambúllete!



2 Reyes 5:10 (NVI)

El texto de esta mañana es tomado del Antiguo Testamento, del periodo de los reyes y específicamente, del profeta Eliseo. Cuando leo esta historia, me doy cuenta que el hilo conductor que recorre toda la narrativa puede expresarse en una sola palabra: desaciertos.

Naamán va a quien no le envían. Él se dirige, con carta de recomendación y todo, es decir, con las influencias necesarias, a buscar la persona que piensa que le dará la salud y el bienestar que necesita; que después de todo no es donde Eliseo el profeta, sino que termina yendo a ver el rey de Israel. Esta historia no es muy distante a la nuestra, pues todavía hoy, y mucho de eso lo hemos visto con dolor esta semana, las personas siguen buscando en los lugares y las personas equivocadas, lo que es para su bien. Que dificultad la nuestra, en todos los tiempos, de creer que los prestigiosos, los políticos o las personas influyentes, son quienes pueden solucionar nuestros problemas.

Naamán lleva consigo lo que no va a necesitar; una cantidad considerable de dinero y de mudas de ropa, que es parte de lo que representaba su riqueza; y con lo que él pensaba mostrar gratitud por el gran beneficio que obtendría, de su salud. De hecho, más adelante en la historia, es precisamente un criado de Eliseo quien, a sus espaldas, se lleva, con engaños y falsedades, el dinero y la ropa que el profeta había rechazado. Cualquier semejanza con personajes de la sociedad actual, no es pura coincidencia, porque en todo tiempo hay gente sin escrúpulos, que como Guiezi, se llevan lo que no les pertenece, y terminan enfermándose de lepra y contagiando también a sus descendientes.

Naamán espera que las cosas se hagan como no puede ser y por eso decide no hacer lo que se le dice que haga. Esta historia se parece a la narrativa en el Nuevo Testamento, del centurión que vino a ver a Jesús. Aquel jefe del ejército, como Naamán, llega hasta Jesús para pedirle que sane a su siervo (Lucas 7:1-10).

Pero que contraste tan grande, Naamán esperaba que el profeta le recibiera en su casa, hablara con Dios a su favor y le tocara, para que el milagro pudiese darse. En otras palabras, que todo el esfuerzo fuese del profeta. Eliseo le hace partícipe y colaborador de su transformación, pero eso no es lo que quiere Naamán.

Eliseo le instruye que haga algo aparentemente sencillo, pero tal vez, por ser tan sencillo, fue lo más difícil. Porque requería la disposición de despojarse de todo y zambullirse; meterse en el agua, ser limpiado, en un proceso que requería consistencia, paciencia y fe.