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Un tiempo de gran expectación


 

Cuando era niña, a medida que notaba las señales de la Navidad, mis emociones y mis expectativas comenzaban a crecer. Eran señales tales como ver en el garaje las latas de pintura que compró mi papá para pintar la casa o ver en la cocina los ingredientes para el arroz con dulce que haría mi mamá. Esas señales me anunciaban que las Navidades estaban cerca. Todo eso me llenaba de ilusión y de gran expectación. Me emocionaba pensar que pronto pondríamos el arbolito con sus lucecitas y adornos. Me acostaba esperando que en cualquier noche escucharía el acordeón de la trulla de los primos de mami. Soñaba despierta con los juguetes que me traerían Santa Claus y los Reyes Magos. En fin, a medida que las señales aparecían, mis expectativas se hacían más grandes. Al ir creciendo fui también aprendiendo que, más allá de todas esas maravillosas ilusiones, las señales de la Navidad me indicaban que Dios me amaba tanto que había decidido encarnarse en aquel niñito que nació en Belén. Comencé a ver que las señales de la Navidad me dirigían a preparar mi mente y mi espíritu para experimentar una íntima comunión con el Mesías.


De eso se trata esta temporada que comenzamos hoy, el Adviento. Estos son días de preparación y expectación para el encuentro con Dios. Así que les exhorto a que, en estos días, mientras pintamos y decoramos nuestras casas, permitamos que el Espíritu Santo pinte y adorne Su casa, que somos nosotros. ¡Qué Su Espíritu nos prepare para recibir al Mesías!

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