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Llamados/as a un servicio de amor

“…Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres…” –Filipenses 2:5-7


Desde sus inicios, la labor principal de la iglesia cristiana ha sido la propagación del evangelio de Jesucristo hasta lo último de la tierra. Este llamamiento para evangelizar viene de la comisión que el Señor dio a la iglesia y del testimonio de su vida misma.


Jesús fue identificado de diferentes maneras durante su ministerio; algunos/as le llamaron rabí, otros/as lo identificaron como profeta. Sin embargo, creo que nos es necesario ver en Jesús aquel que estuvo dispuesto a dejarlo todo para hacerse uno con otros/as. En las palabras del apóstol Pablo, Jesús es aquel que no se aferró a su forma divina con tal de suplir a la humanidad una necesidad que por sí misma no podía hacerlo. ¡Qué desprendimiento!


Por esta razón, Jesús es nuestro ejemplo de lo que es ser misionero. En su ministerio Jesús anunció el Reino de Dios, alimentó al hambriento, se acercó a los marginados, sanó a los enfermos, abrió sus brazos para recibir a los rechazados por la sociedad y brindó esperanza a los que no la tenían. Jesús fue misionero porque caminó con la gente, celebró con ellos como en las bodas de Caná, lloró con ellos como en la muerte de Lázaro y abogó por justicia como hizo por la mujer sorprendida en el adulterio.


Ser misionero/a es más que participar de un viaje a corto plazo o trabajar en un proyecto de servicio en el extranjero, aunque ciertamente estas son experiencias de la misión. Ser misionero/a es responder a las necesidades de otros, es utilizar nuestros recursos y dones para aliviar las cargas de otros y abrirles nuevas posibilidades mientras anunciamos el Reino de Jesucristo.


¿Quién es llamado/a a ser misionero/a? Todo/a aquel/la que ha creído en Jesucristo. El campo de servicio nos ha sido asignado: a unos/as Jesús los llamó a “Jerusalén, Samaria, Judea y hasta lo último de la tierra”; a nosotros/as nos ha llamado a Caguas, a Puerto Rico. Es decir, desde donde sea que estemos podemos hacer como Jesucristo: desprendernos para hacernos semejantes al otro. De lo contrario, nuestra predicación será vacía y carente de sentido.


La motivación misionera viene del amor y obediencia a aquel que es nuestro Redentor: todos y todas somos llamados/as a esta labor de amor.


Bendiciones,


Pastor Alberto

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