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Jesús, luz de vida plena

Juan 8: 12



La declaración que Jesús hace de sí mismo, “yo soy la luz del mundo”, forma parte de una serie de afirmaciones reveladoras que, desde el capítulo 7 de Juan, buscan mostrar quién es Jesús y cómo Él actúa en la vida del ser humano. Previamente, Jesús había hablado acerca de su procedencia divina, es decir, había declarado que Dios mismo le había enviado. Así pues, no era un maestro más, sino el esperado “Emanuel, Dios con nosotros”. Esa verdad demostraba su autoridad y le capacitaba para hacer revelaciones sobre Dios, quien es el único que conoce la profundidad de la necesidad humana.

 

Posterior a revelar su autoridad Jesús se presenta como el agua de vida. Es decir, como el único recurso que puede saciar la inquietud interior, la búsqueda de sentido, la necesidad de perdón y la restauración en el ser humano. Un ejemplo de esta sed se encuentra en la historia de la mujer sorprendida en adulterio, quien, a pesar de haber sido llevada por otros ante Jesús, su historia revela que la sed más profunda no era la de sus acusadores, sino la de ella. Tenía sed de misericordia, sed de dignidad, sed de una vida plena. Jesús sacia esa sed, no con condena, sino con gracia.

 

El perdón de Jesús sació la sed de aquella mujer, es decir, la restauró. Al igual que ella, nosotros necesitamos un encuentro con la misericordia que restaura al pecador, un encuentro que levanta, dignifica y envía con una palabra que abre futuro: “Vete, y no peques más”. Ese es el lenguaje del nuevo comienzo.

 

Finalmente, luego del encuentro con aquella mujer Jesús declara: “yo soy la luz del mundo”. Esa luz no solo revela, sino que también dirige. Esa luz no solo expone, sino que también guía. Esa luz no solo muestra lo que es, sino que también muestra lo que puede llegar a ser. Jesús es la luz que muestra el camino, orienta y brinda la posibilidad de una vida plena.

 
 
 

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