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Jesús, luz de vida

Isaías 9: 1–6


 



Recientemente los medios noticiosos compartieron la noticia de un hijo que golpeó a su padre y lo colocó en el cajón de su pickup. Este fue un suceso muy lamentable. Sin conocer los pormenores de la situación, me preguntaba cómo un ser humano puede llegar a cometer tal acto. Entre el cúmulo de emociones que afloraron en mí por aquella noticia, concluí que tal acto refleja la oscuridad del alma producto de la ausencia de Dios.

 

Isaías ejerció su ministerio en un pueblo que vivía en oscuridad. Israel se había dividido en dos reinos. Para cuando el profeta escribió, el reino del norte había sido conquistado por los asirios. El profeta fue enviado al reino del sur para predicarle a gente rebelde que no estaba dispuesta a escuchar la voz divina, comenzando por el rey Acaz. Como consecuencia, el pueblo enfrentaba oscuridad, es decir: juicio, devastación y destrucción. Mas el profeta afirmó que la oscuridad no sería para siempre, que vendría un período de gozo, esperanza, paz y restauración. Ese período iniciaría con el nacimiento de un niño cuya luz disiparía la oscuridad y que sería reconocido por ser admirable consejero, pues solo él conocería y compartiría los consejos divinos con el ser humano. Además, sería reconocido como Dios fuerte, capaz de enfrentar los poderes del mal y de obrar más allá de los límites humanos. También sería Padre eterno, pues era uno con el Padre, capaz de transmitir su voluntad y carácter. Finalmente, sería príncipe de Paz porque podría reconciliar el corazón del ser humano —imperfeto y pecador— con el corazón de Dios —perfecto y santo—.

 

Similar a los tiempos del profeta, en el tiempo presente hay quienes viven en oscuridad, sí, la oscuridad producto de la ausencia de Dios que se evidencia en la desesperanza, desesperación, amargura y violencia. Esta realidad debe recordarnos como iglesia que todavía tenemos mucho trabajo por hacer; debe afirmarnos en el mensaje capaz de transformar las oscuridades más densas del ser humano. El mensaje del evangelio debe animarnos a ser voceros que, cual profeta, anuncien el niño del pesebre. En fin, debe movernos a testificar de Aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Este es Jesús.

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