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Espíritu de Dios, Poder que obra en su Iglesia



Este día celebramos junto a millones de hermanos y hermanas cristianas a través del mundo, el domingo de Pentecostés. Esta celebración es también una proclamación de la justicia divina. El Espíritu presente en Jesús de Nazaret, que dijo; “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para proclamar las buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, predicar libertad a los cautivos, predicar el año agradable del Señor…” Ese mismo Espíritu, está presente en medio de su pueblo hoy.


Estamos en jubileo, porque proclamamos al Dios cuyo Espíritu de sabiduría se derrama para transformar vidas. El Espíritu que obra en cada cual, el Espíritu que abre nuevas posibilidades y nuevas oportunidades; el Espíritu que pudo tomar a un pescador terco, como era el apóstol Pedro, que, al ponerse en las manos del Señor, se convirtió en proclamador de las Buenas Nuevas. El mismo Espíritu que pudo tomar un grupo de personas llenas de temor y convertirles en una comunidad valiente, dispuesta aún a la misma muerte, antes de claudicar su fe o su misión.


Proclamamos un Dios que en el pasado nos salió al encuentro y con su amor maravilloso nos alcanzó, nos rodeó, nos levantó, fue provisión, nos liberó y nos dio nueva vida.


Proclamamos un Dios que en el presente nos muestra su amor infinito, su gracia perdonadora y redentora. Ese amor maravilloso es el que nos permite, en medio de la crisis que vive nuestro pueblo, proclamar que ese amor de Dios sigue obrando paz, consuelo, seguridad y esperanza.


Proclamamos, que el futuro no está asediado por la incertidumbre o el temor, pues no depende de nuestras fuerzas, sino de la buena voluntad de Dios que, si le permitimos, quiere cumplirse y se cumplirá en medio nuestro. Afirmar esto es reconocer que no tenemos que empeñarnos en manipular a Dios, ni tampoco limitarle a nuestras definiciones. Dios es soberano y Jesucristo es el único Señor.


Celebremos pues, que esa sabiduría divina es derramada hoy en nuestras vidas, en nuestros corazones y así, como gente y pueblo de Dios, seguimos el tiempo que el Señor nos permita, proclamando y viviendo el Amor y la fidelidad de Dios que es desde la eternidad y hasta la eternidad.