Alaba mi alma al Señor
- Rvdo. Alberto J. Díaz Rivera

- 6 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Lucas 1:46–55

El pasaje considerado es conocido como el Magnificat, primera palabra de la expresión latina: “magnifica mi alma al Señor”. Al leer el pasaje, es posible identificar cierto parecido entre este y la oración de Ana en 1 Samuel. Algunas razones para esta semejanza es que ambas mujeres eran devotas judías y ambos hijos nacerían como producto de una intervención divina. Sin embargo, debemos notar que, a pesar de este parecido, la mayoría de las frases que encontramos en esta expresión de alabanza a Dios son tomadas de los salmos.
El Magnificat surge como respuesta a dos encuentros previos que tuvo María. El primero, con el ángel Gabriel, quien se le presentó para decirle que habría de concebir por el Espíritu Santo al Hijo de Dios, a quien habría de llamar Jesús. El segundo encuentro fue con su pariente Elizabeth, esposa del sacerdote Zacarías, quien, al escuchar el saludo de María, fue llena del Espíritu Santo y expresó: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”. María internalizó lo que Dios le había hablado y, como respuesta, en alabanza expresó su gratitud por haberle mirado a pesar de su condición; por haber extendido su misericordia sobre los necesitados; por obrar con poder haciendo provisión a unos y quebrantando a otros; y, asimismo, por haberlos hecho sus hijos.
Como iglesia, el Magnificat debe motivarnos a escuchar atentamente la voz de Dios, la cual siempre nos hablará acerca de Jesús y testificará de sus propósitos en nosotros. Asimismo, debe convocarnos a responder, mediante una vida en alabanza, con agradecimiento, testimonio y reconocimiento del poder y amor de Dios para con nosotros.










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